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miércoles, 23 de septiembre de 2026

Las Sombras se alzan

 



A pesar de la luz de la luna, el bosque estaba envuelto en sombras. El Campeón Aspirante Ar'zul aferraba las riendas de su montura demoníaca con fuerza. Podía sentir su fiereza y sus ansias de sangre. Hacía relativamente poco tiempo que había obtenido sido ungido por los poderes ruinosos, la armadura negra en la que había sido enclaustrado se estaba empezando a fundir con su carne y la marca de los Dioses Oscuros brillaba de forma tenue en su frente pero el guerrero se alzaba orgulloso ignorando el dolor abrasador.  Desde su nacimiento solo había deseado probar ser el mejor guerrero de su tribu a los ojos de los Dioses y ser un Campeón del Caos que gobernase sobre hombres y demonios. Con el tiempo se unió a una banda de Guerreros del Caos y destacó entre ellos hasta ser el líder y un digno merecedor de una montura tan magnífica como aquella. Ahora, después de varias décadas de guerra en los desiertos, una infinidad de victoriosas masacres se extendía ante él.

La luna gibosa en el cielo le observaba. El guerrero no era ajeno a este tipo de sensaciones pues los Desiertos del Caos son extraños y cambiantes pero esta vez no era la intoxicante sensación corruptora del Caos, esta sensación era diferente. Sentía que alguien se estaba burlando de él, que había algo viendo sus movimientos y calculando la forma de humillarlo. El guerrero estaba sintiendo como la ira empezaba a cercer en él, no era un sentimiento ajeno, solía dejar que esta fuera lo que le guiara en la batalla hasta que dejaba de ver enemigos y sus ojos solo registraban un tono rojo sangre cubriéndolo todo. Se sintió en confianza al sentir que la batalla sería otro glorioso derramamiento de sangre.

 


 
 Ar'zul sabía que el enemigo estaba delante, tras la colina. Sus guerreros avanzarían y los matarían a todos, así es como solía ocurrir siempre. Sus jinetes iban a rodear la colina por un lado y él avanzaría por el otro. Apenas tuvo que dar órdenes, todos sabían lo que tenían que hacer. 

Mientras avanzaba vio al enemigo. Goblins. Había pocos en los desiertos y solían ser criaturas cobardes y tristes que se escondían en agujeros. Era indigno hasta matarlas con la espada, lo normal era pisotearlos hasta la muerte. Pero estos eran diferentes. Parecían haber llegado hace poco a los desieros del Norte y estaban armando escándalo, un par de poblados habían sido saqueados o destruidos y a falta de un enemigo digno, siempre se podía derramar un poco de sangre pielverde. Ar'zul estaba absorto en sus pensamientos, recordando lo poco que sabía de este enemigo a través de las enseñanzas de los chamanes de la tribu. Su Montura demoníaca se encabritó violentamente y el guerrero le dio rienda suelta, "acabemos con esto pronto" Pensó.

Una flecha perdida golpeó su casco interrumpiendo su línea de pensamiento. Su visión estaba fija en el bloque de goblins que estaban disparando una lluvia de inútiles flechas a sus guerreros cuando como surgidos de la tierra aparecieron una horda de arañas del tamaño de un mastín con goblins encima. Estos intentaron pincharlo con lanzas rudimentarias pero resbalaron contra la armadura. El Campeón dejó que la rabia le inundara y de un par de tajos acabó con la mitad y su montura pisoteó al resto. Bañado en sangre verde, Ar'zul observó el campo de batalla. Varios guerreros del Caos yacían muertos en el campo de batalla, sus almas se las comerían los demonios por haber sido vencidos por enemigos indignos. Menos rivales en mi Sendero a la Gloria, pensó el Campeón

 


 
Sus Caballeros habían sido arrollados por un carro tirado por unos lobos monstruosos. El Capitan de los caballeros, el único superviviente del atropello estaba acabando de matar tanto a las bestias como a la tripulación. Los guerreros habían llegado a los goblins y estaban matándo a diestro y siniestro, piernas y brazos goblin volaban en todas direcciones. Sobre la colina vio al otro Campeón Aspirante, Tarkon, portador de su enseña personal y capitán de los guerreros, luchando contra un goblin de armadura pesada y capa con un yelmo con forma de corona. Mientras el guerrero del Caos luchaba con fuerza y fiereza, el goblin se reía burlonamente esquivando y desviando los golpes. El guerrero, molesto por el baile del escurridizo goblin intentó un ataque devastador que habría partido en dos al goblin, si hubiera estado allí para recibirlo. En su lugar, una risa malvada resonó por el yermo y el guerrero se alzó para quitarse de la espalda una daga que había acabado incrustada en la juntura entre dos de las placas. De la daga goteó un líquido verduzco mezclado con la sangre del Campeón del Caos, el veneno estaba ya en su torrente sanguíneo y del traicionero goblin no había ni rastro en el campo de batalla.

 

 
La luz de la luna pareció aumentar y la sensación de estar siendo observado se incrementó en Ar'zul. Alzó la vista a los cielos y una luna terrible y malsana les iluminaba. Mientras observaba desafiante el astro siniestro empezó a advertir un extraño patrón en sus cráteres, valles y montalas. Un terrible rostro parecía sacar la lengua en una sonrisa imposible. Acto seguido, Ar'zul fue derribado de su montura por un monumental trompazo de fanatiko que había salido disparado de entre la peña de goblins.






 

*Partida jugada en el I Torneo de Battle March de Monte Ronin jugada el pasado 13 de septiembre. En esta partida, contra Guerreros del Caos perdí por puntos. Una batalla contra un jugador novel a 600 puntos, sin objetivos ni reglas especiales pero muy divertida e interesante.

 


miércoles, 12 de agosto de 2026

Batalla en el paso nevado

Los goblins observan el avance élfico con sorpresa

Guazdagga se arrebulló en su capa, el mordiente frío de las cimas de las Annuli le atenazaba la garganta y su nariz goteaba un goteante líquido verduzco, los estornudos atronaban a sus guerreros ¡Quién iba a pensar que un goblin tan canijo sería capaz de un ruido tan estridente! Todos los goblins estaban inquietos intentando encender fogatas o buscando el calor en el interior de pieles malolientes. Naturalmente Guazdagga portaba las más peludas, apestosas y espectaculares de todos, como correspondía a un autoproclamado Gran Rey Goblin. Un canijo vino a traerle un trozo de pierna garrapato hervida con una torpe reverencia que esparció el blanquecino trozo de carne por la sucia nieve.
—No akavo de fiarme de ezoz pedroloz — comentó para sí mismo mientras mordisqueaba la carne semicruda y llena de tierra —, juraría que antez zolo habían 4 piedroz y ahora kuento zeiz o ziete. ¿Queréiz quedaroz quietaz piedraz azquerozaz?
Gritó a las lejanas piedras sobresaltando a todos a su alrededor. En seguida se arrepintió de ello pues se desgarró la inflamada garganta y el dolor de cabeza aumentó.
 
El despliegue goblin, con los monolitos a sus espaldas

El Goblin observó el campamento desde lo alto de un antiguo altar
— No me guzta lo que eztá pazando aki. —Dio la espalda a los monolitos y desde lo alto de las ruinas gritó a sus tropas.
—¡Venga muchachejoz! Levantad el kampo que ya hemoz dezkanzado zuficiente. Vamoz a bajar a laz tierraz bajaz y a atacar el primer pueblo de orejotaz ke veamoz, allí dezkanzaremoz.
Uno de sus konzejeroz se acercó con paso cauteloso a su espalda, Guazdagga se había vuelto a girar hacia los monolitos y los mirada de forma desafiante.
— Mi zeñor, loz jinetez dizen ke el ziguiente pueblo eztá a noche y media de marcha, zi bajamoz ahora el día ze noz echará enzima, zerá máz difizil avanzar i quedaremoz ezpueztoz. Ademáz, no todoz loz jinetez han vuelto...
— ¡TÚ! — Gritó señalando con su huesudo dedo a uno de los monolitos—, Te he vizto! Tú no eztabaz ahí antez! Vuelve a tu zitio y no me liez, pedruzco eztúpido! —se giró hacia el  konzejero y lo miró como su lo viera por primera vez— ya está dezidido, mira, bajamoz por la montaña y ya noz laz apañaremoz a mitad kamino para encontrar algún refugio de la kara amarilla kuando...
Un ruido interrumpió la bronca, el silvido de varias flechas y el konzejero cayó atravesado por una flecha de plumas blancas. El rey se asomó al borde de la ruina y, sin ver todavía al enemigo gritó a pleno pulmón:
— ¡MAZKACHAPAZ! ¡PA MÍ!
La guardia personal de Guazdagga, los Mazkachapaz, se reunieron alrededor de su líder, dispuestos valientenemente a vender cara la vida de otro en defensa de su rey. Los demás capitanes goblins, viendo el percal gritaron órdenes para formar algo parecido a una linea de batalla. Incluso los tres trolls de río que les acompañaban parecía que estuvieran entendiendo que estaba siendo atacados.
 
El despliegue élfico

Una hilera de altos cascos aparecía tras la colina. Un destacamento de la Guardia del Mar de Lothern había sido enviada para interceptar la migración Goblin y habían escogido ese lugar otrora un centro de adoración a los dioses como lugar donde verter la negra sangre pielverde y detener esta migración goblin. En otra situación los elfos habrían atacado en algún paso o desfiladero sin dejarse ver haciendo que los goblins nunca llegaran a saber quién les había atacado pero en este momento primaba que los malvados seres no se les ocurriera tocar o derribar los monolitos de la red mágica de Ulthuan así que el Capitán de la Guardia tuvo que tomar una decisión arriesgada. Los dos Escoltas celestes volaron disparando flechas a diestro y siniestro. El Rey Goblin y zuz Zenziblez Muchachotez avanzaron con sus destartalados escudos por delante buscando llegar a los elfos y poder apuñalarles en los ojos. Un troll que había estado durmiendo bajo una piedra se levantó confundido por el alboroto montado y destrozó un par de goblins de un manotazo. Los guerreros de Guazdagga estaban confusos e irritados porque el avanze hasta ahí arriba había sido muy penoso y las inclemencias del tiempo les habían perjudicado de malan manera. El ataque repentino era la gota que colmaba el vaso de una expedición que intentaba unir varias de las tribus dispersas para atacar a los Orejotaz.
El carro voladir carga al carro orco, haciéndole huir

En Battle March hay varias tablas de eventos aleatorios, uno de ellos consiste en un Troll que ataca a lo primero que pilla, me salió ese resultado y el Troll se llevó dos goblins de un trompazo

Entre los guerreros que viajaban en la horda había unos orcos mercenarios contratados por el propio Guazdagga que saltaron sobre sus jabalíes en cuanto vieron una sombra moverse tras unos matorrales. La trampa de los Sombríos fue casi perfecta puesto que cuatro de ellos fueron arrollados antes de aniquilar completamente a los orcos. Tres goblins, presas del pánico estaban intentando montar o desmontar (dependiendo de a quién le preguntaras) un lanzavirotes en medio del caos de la batalla, al desanudar un cordel sin quierer un virote salió disparado llevándose la mano de uno de los goblins y acertando de pleno en el pecho de un Roc de uno de los dos Escoltas celestes. El carro volador se desplomó contra el suelo matando en el acto a los elfos que lo guiaban. Los goblins no llegaron a saber que habían acertado en el blanco porque salieron corriendo cuando un carro de jabalíes orco pasó tras ellos hecho trizas perseguidos por el otro carro volador elfo.
El carro orco huye de un pájaro grande ¡Vergüenz sobre su vaca!

Guazdagga miró en derredor, se vio solo en el centro del campo de batalla, a descubierto y sin tropas que lo apoyasen. Sus Mazkachapaz estaban muriendo a causa de las flechas y los elfos estaban todavía lejos. Con un sonoro estornudo y sintiendo un ligero mareo a causa de la subida de la fiebre ordenó a sus valientes guerreros una discreta retirada ordenada, a lo cual todos los goblins salieron atropelladamente unos sobre otros pisándose y empujándose en un sálvese quién pueda desastroso. El orgulloso Rey Goblin había sido el primero en huir de forma cobarde y ruin abandonando a sus muchachoz a su suerte.
Los Sombríos se hincharon a disparar pero se llearon un buen golpe de los jabalises

El Capitán de la Guardia del Mar miró asqueado el campo de batalla, alrededor de una veintena de pieles verdes yacían en la fría nieve con su sangre oscura profanando un suelo sagrado. Elevó una plegaria a Asuryan pidiendo perdón por su sacrilegio aunque sabía que era la mejor oportunidad que tenían. El reporte fue de diez elfos muertos, tres caballos de Ellyrion y una Escolta celeste totalmente inutilizada, bestia incluida. Una cantidad de bajas totalmente inaceptable siendo que el Rey Goblin había huido y que todavía había pielesverdes en las montañas. Con gran pesar marchó a reformar las tropas y a planear la forma en la que iban a acabar de limpiar esta montaña sagrada.
Fin de la partida, el general goblin falló cuatro chequeos de liderazgo, lo único que no estaba muerto o huyendo era un chamán goblin y los trolls

*La partida se jugó en Monte Ronin a 750 puntos por barba y se jugó con las reglas de Battle March.

jueves, 15 de julio de 2021

Ambición

 El tecnosacerdote entró en la enorme sala, su túnica roja brillante destacaba entre los escombros del lugar y su sistema óptico escaneaba la habitación. Los informes habían sido muy confusos y quería saber qué había sido capaz de destruir un comando de los mejores Sicarianos entrenados por él mismo y mejorados con la arcanotecnología con la que los había equipado. El comando que había desaparecido era parte del comando Ad0-B, el escuadrón de la muerte que servía secretamente a sus designios y a los de la secta Omnisíaca a la que servía. El Culto del Acero óseo tenía muchos secretos y muchos recursos para tratarse de una mera hermandad de Skitarii como otras tantas había en el Mundo Forja de Osca IV. El Tecnosacerdote EC6-814 era un miembro de alto nivel en dicha hermandad, sus conocimientos sobre bioingeniería xenos le había hecho escalar muchos puestos por encima de otros hermanos Tecnosacerdotes. Él estaba satisfecho, poseía una desbordada ambición y era muy consciente del poder que suelen ostentar los dirigentes de estas sectas en las que los devotos del Dios Máquina se reúnen para la celebración del culto al Emperador y al sacerdocio de Marte.


A EC6-814 le habían llegado unos informes muy extraños hace unos días, habían sido detectadas unas lecturas de actividad hostil desde zonas remotas del planeta, el cual a pesar de ser un Mundo Forja todavía tenía grandes extensiones salvajes en las que la industria todavía no había llegado. Para investigarlas envió a estos Sicarianos y la sorpresa llegó en el momento en el que sus signos vitales fueron apagándose en sus monitores en cuestión de segundos.


Un Skitarius de la guardia de EC6-814 señalaba, de forma totalmente inútil para el sacerdote los restos mortales de un Infiltrador. El Tecnosacerdote lo ignoró completamente puesto que ya había escaneado la sala y había detectado todos los elementos de la habitación. El sacerdote mitad máquina se quedó quieto un segundo y desplegó una maraña de tentáculos mecánicos prensiles buscando los cadáveres de sus soldados. Encontró en cada uno de ellos el puerto en el que insertarse. Los ojos de los cadáveres se iluminaron con un fulgor frío y muerto a la vez que sus cráneos castañeaban con un sonido ominoso. 


El Tecnosacerdote encontró que la memoria de todos estaba más allá de reparación, los daños habían sido brutales pero enormemente eficientes, sin embargo, uno de los visores estaba relativamente intacto. La imagen era oscura y borrosa, había luchado contra un enemigo envuelto en un pesado manto oscuro que, no sólo ocultaba, sino que poseía algún tipo de tecnología que deformaba su figura, resultaba imposible de identificar. El Sicariano era un borrón de golpes, contragolpes, piruetas y estocadas pero por mucho que el Sicariano acatara con todo lo que tenía la figura esquivaba sin apenas esfuerzo. 


Finalmente, viendo que era incapaz de hacer nada a su rival el Sicariano optó por un ataque desesperado desplegándose en un golpe que el Tecnosacerdote entendió como una absoluta temeridad, prácticamente imposible de parar para ningún ser vivo pero ignorando toda defensa. La figura encapuchada perdió pie ante el brusco cambio de sentido del guerrero biónico y durante un segundo de vídeo el Tecnosacerdote vio una mancha roja en la espada del Sicariano y el destello de un águila dorada asomar entre las sombras del pesado manto. El golpe propinado un segundo después por el guerrero de la capa fue tan brutal y despiadado que pulverizó al guerrero Sicariano en mil pedazos


Los últimos segundos de vida del guerrero mecánico mostraban como tres figuras encapuchadas se reunían en el centro de la sala una vez que destruido el comando Sicariano. Unas runas de fin de grabación aparecieron en el visor de EC6-814.


El Tecnosacerdote activó la válvula que hacía que se regulara adecuadamente su presión arterial. Todavía era joven y gran parte de su cuerpo era gran parte orgánica así que se tuvo que reprochar que se hubiera emocionado tanto por este descubrimiento, sin embargo todos los tentáculos mecánicos que había desplegado se ocuparon en una única tarea, los atacantes habían sido concienzudos y habían simulado un derrumbamiento en la sala para eliminar huellas del combate al menos para ojos no expertos. Bajo un fragmento de techo encontró lo que buscaba. Examinó la espada de energía quebrada por el golpe milímetro a milímetro y encontró lo que buscaba. Esta vez se le olvidó activar la válvula de regulación de la presión arterial mientras daba gracias al aspecto del Omnissiah al que adoraba el Culto. Este iba a ser su pase de entrada al Círculo Interior del Culto y la clave de su ascenso meteórico al poder.


Había restos de sangre de un Custodio del Emperador en la espada.


jueves, 3 de mayo de 2018

5.3. Finulein Sin Tierra (Altos Elfos) VS Ernuzhk Espadahumeante (Enanos del caos)

Finulein observó las filas y filas de guerreros que luchaban a su lado, las lanzas élficas refulgían con una luz brillante y plateada a pesar del oscuro y lluvioso atardecer. La calma pesaba sobre los silenciosos guerreros elfos mientras esperaban la aparición del enemigo y la tensión era tan palpable que podía masticarse. Solo se escuchaba el repiquetear de la lluvia en los escudos y el rostro gris e imperturbable los elfos se escondían en sombras bajo los yelmos como si estuvieran haciendo frente a la propia lluvia. Finulein se adelantó y escuchó el reporte de unos exploradores que venían con noticias.

-Los enanos sirvientes de los Dioses oscuros se acercan, mi señora. Vienen hacia aquí a través del bosque, avanzan en silencio, marchando en formación y listos para la batalla. Parece que saben que los estamos esperando.- Dijeron los exploradores.

Antes de que Finulein pudiera contestar un estruendoso resplandor rojizo iluminó la tarde. Una llamarada surgió muy por encima de los árboles comenzando un incendio en el espeso bosque frente al que se encontraba desplegado el ejército. La brillante llamarada se reflejó en los ojos de Finulein y vio con terror como formas humanas retorciéndose de dolor en el caótico resplandor. Cuando la llama se extinguió, Finulein dirigió su mirada a la espesura del bosque; entre los árboles vio rugientes llamaradas que lo consumían todo a su paso, y entre las llamaradas vio las metálicas figuras de los enanos del caos, marchando en dirección a la linde del bosque, en silencio, como un solo enano.

Finulein dudó por unos segundos. Nunca antes se había enfrentado al caos en esta forma tan pura. Elfos oscuros, ogros, orcos… Todos aquellos seres eran mortales, seres que vivían y morían como el resto de criaturas de este mundo. Ahora, en esta tierra lejos del hogar, veía cara a cara por primera vez aquello contra lo que su pueblo había luchado durante milenios. La visión del caos es algo terrible hasta para los más fuertes. Un segundo de vacilación, "el último segundo de vacilación de mi vida", pensó Finulein. Desenvainó su espada, que brilló con un tono verdeazulado de satisfacción al entrar en contacto con el agua de la lluvia y ladró con su potente voz de mando a sus tropas que mantuvieran la posición. 

Los enanos salieron del bosque, avanzando de la forma en la que sólo un enano sabe hacer, imparable e impasible, como el movimiento de las montañas, ignorando las flechas que se clavaban en las negras armaduras como si se tratasen de ramitas sin punta. Finulein escuchó un cuerno cruel en flanco izquierdo y vio como unos enormes lobos se abalanzaban sobre sus tropas. No le dio tiempo a lanzar órdenes pero sonrió con orgullo al ver que sus tropas hacían huir en desbandada a esos sucios trasgos sin ayuda. Una llamarada repentina le llamó la atención mientras contemplaba el campo de batalla, tres figuras gigantescas hechas de fuego y hierro habían surgido del incendio del bosque y se dirigían hacia la línea de arqueros élficos. El fuego consumió a los sombríos que intentaron detenerlos y era tan intenso que todo el bosque humeaba con el vapor de la lluvia. Los demonios  ígneos avanzaron, quemándolo todo a su paso hasta llegar a los arqueros, los cuales no dejaron ni un solo momento de disparar flechas.

Con el ojo experto de quien ha comandado a sus tropas en muchas batallas, Finuelin vio las negras tropas de los enanos del caos y a sus jinetes de los Yelmos plateados. Estos estaban trabajando duro, como habían planeado y vio que era el momento. Alzó su espada y sus elfos lo siguieron a la batalla. Frente a la línea enana, una pequeña línea, oculta hasta entonces de asquerosos hobgoblins apareció, disparando sus retorcidos arcos. Finulein y sus guerreros los mataron a todos pero el retraso había sido efectivo. Los Yelmos tuvieron que luchar solos y Ernuhzk había dirigido su humeante espada hacia ellos con cruel satisfacción.

La firme línea elfíca había sido dividida. Los enanos habían conseguido distraer a los elfos con sus demonios infernales y los hobgoblins habían impedido que los elfos cargaran a los enanos. Finulein corría de aquí para allá lanzando órdenes a sus guerreros para recomponer la desperdigada línea cuando la atmósfera se hizo pesada a su alrededor. Cada gota de agua era como una tonelada sobre Finulein. Mover un brazo le era dolorosísimo y sentía todas las articulaciones entumecidas. Un aroma a azufre le invadió y la piel adoptó un tono cobrizo y pétreo Finulein ahogó un grito que no pudo salir de una garganta pétrea.

Una voz burlona susurró en su aterrado oído:
-Esto es lo que te mereces, chiquilla. Por jugar con quien no debías.



Autor: Rafa Doñate


martes, 1 de mayo de 2018

5.1. Píncipe Lindir y Cazadores de Úlfgar El Carnicero VS Mercenarios de Samuel Sime y Incursores de Isgaard Mantonocturno.

El sonido del hueso al partirse arrancó una sonrisa cansina a Úlfgar El Carnicero, mientras el pecho de aquel humano se hacía astillas. El Matador estaba empezando a cansarse de aquella campaña, al principio había creído que esa alianza de enemigos supondría un peligro real... lo cierto es que al principio lo había parecido así, pero ahora no se diferenciaba en nada de sacudir elfitos.

–Si, Craneo, ya sé que en parte esta guerra ha consistido en sacudir elfitos, pero me entiendes –dijo mientras bloqueaba una alabarda y partía el arma por el hasta–. Lo que me refiero es que me hago mayor y necesito algo más, creía que aquí podría encontrar una muerte gloriosa, pero me parece que no va a ser así.

A sus pies cayeron dos confundidos humanos más, mutilados en las formas creativas que su humor dictaba aquella mañana. Un mercenario cargaba contra él, espada en ristre, pero Úlfgar desenfundó un cuchillo de caza que llevaba al cinto y lo lanzó contra el atacante, que se desplomó fulminado con un palmo de acero allí donde solo tendría que haber materia gris.

–No lo sé, Cráneo, creo que estoy perdiendo la pasión por mi trabajo. No, no, en serio, lo he meditado, siempre es lo mismo. Llego a un sitio, mato gente o decapito un monstruo y me voy. ¿Y para qué? Nunca encuentro un rival a mi altura.

Dio un puñetazo en la entrepierna a un humano, que cayó de rodillas y sacó una pistola en un desesperado intento por salvar su vida; Úlfgar le arrebató el arma con desgana, le metió el cañón en la boca al pobre infeliz y apretó el gatillo. La nube de sangre, hueso y sesos palpitantes impactó en la cara de otro mercenario, que quedó ciego durante un instante y fue decapitado por uno de los cazadores enanos.

–A veces pienso que no hay nada en el mundo que vaya a sorprenderme... mucho menos que pueda darme la muerta que busco.

Entonces, mientras la infantería enemiga se barría en retirada, Úlfgar miró a lo lejos y vio al Príncipe Lindir y sus caballeros dragoneros, rodeados de enemigos y vendiendo caras sus vidas. Poco a poco, los guerreros de Caledor iban cayendo uno a uno abrumados por su inferioridad numérica, pero todos ellos dispuestos a vender cara su vida con honor. El Matador se quedó un instante contemplando la escena, pensativo.

–Cállate, Cráneo. No. ¿Y tú qué sabes? ¿Ironía? La ironía es para los bardos, yo soy un guerrero. Mira, ¿sabes qué te digo? Qué estás colgado del estandarte de Waldruf, se supone que estás demasiado lejos para que te escuche. ¡Así que silencio!

Úlfgar empuñó su hacha de combate y se encaminó de nuevo a la refriega, jamás pensó que diría aquello, pero tenía que salvar a un elfo que merecía vivir.


Autor: Ximo Soler.






lunes, 30 de abril de 2018

Final fase 4 Contubernio del mal

-Ven, acércate mi pequeña criatura. Infórmame de los avances ¿Por qué la Torre no ha caído todavía? ¿Hay retrasos? ¿Resistencia? ¿Los generales que elegiste no han sido los campeones que esperábamos? Los elegiste personalmente y tú mismo te encargaste de que tuvieran... la motivación necesaria… ¿Acaso nos han traicionado? ¿Acaso… me has traicionado?

Dejó que las palabras cayeran, amenazantes sobre la pequeña criatura que se encogía frente a sus pies. Cuando la misma dejó de temblar y susurrar, una pequeña voz susurró.

-Los Asur y los Dawi han… han unido fuerzas… no esperábamos que fueran tan poderosos…

-¿¡Esos perros!?- La voz reverberó a través de las nieblas gris azulado que los envolvían- ¿No estaban matándose entre ellos al otro lado del mundo?

La pequeña voz tardó un poco más en dejar de temblar y sollozar esta vez.

-Mi señor, eso ocurrió… quiero decir, hace… miles de años de aquello… debería usted recordar…- jadeó la figura.

-¡Silencio gusano! Es cierto… -Reflexionó olvidando a su sirviente- El tiempo de este lugar me deshace la mente. –Pareció dudar unos momentos- Esa guerra está en el pasado, y en mi futuro… - Una ráfaga de dolor cruzó su rostro.- ¡Maldita sea esta prisión! ¡Esclavo!

Entre jadeos entrecortados la figura consiguió articular:
-¿Si, mi señor?

-Háblame, cuéntame quiénes son nuestros generales, dime quién puede ser el que nos está traicionando. ¿Cómo te presentaste ante ellos? ¿Cómo es que te siguieron a ti, una pequeña y horrible criatura a esta campaña catastrófica. ¿Cuántos de ellos conocen nuestra existencia? ¿Cuántos saben… de mí y de mi propósito?

-Maestro, ninguno sabe nada de vos, ni vuestro nombre, como pidió… Salvo… El Dawi Zharr sabe que sirvo a otro… Y dedica plegarias, ritos y sacrificios al Toro de fuego en su honor. Me presenté en el Templo al Gran Tauro y pedí un voluntario para mi señor. Ernuhzk se ofreció voluntario y le entregué una copia del mapa para llegar hasta aquí.

-Sabes que aquí ni debes pronunciar el nombre del Gran Tauro, ni ninguno de los otros… Ves con cuidado gusano, pues ni siquiera fuera de este lugar deberías mancillar sus nombres con tu vil lengua… Así pues el Dawi Zharr parece el más entregado a la causa… Continúa.

-Las elfas brujas me acogieron cuando me presenté como un viajero que venía del norte… Me agasajaron y me trataron como a un rey, fingí quedarme dormido por el dulce veneno que habían echado en mi copa nada más entrar en su templo y dejé que me cortaran el cuello y me robaran el pergamino. Sabía que tarde o temprano informarían a su príncipe del hallazgo y este, ansiando la fama y la fortuna para sí mismo, falsificó la firma del mismísimo Rey Brujo y huyó con su ejército de Naggaroth. Ahora mismo pesa sobre él una condena a serle arrancada el alma del cuerpo. Nadie corre riesgos así si no está convencido de lo que hace. Cree que volver con un tesoro que poner a los pies del Rey Brujo le concederá el perdón y la vida.

-Un Asur avaricioso y traicionero… Lo que me faltaba por ver- Exclamó, burlón la gran voz.

-El rey orco no nos adora, ni nos rinde culto. Esas bestias no adoran más que la fuerza y la violencia. EL mapa cayó en manos de una tribu orca que estaba en el camino del kaudillo más poderoso en nuestros días. Afortunadamente es uno de los pocos kaudillos que sabe leer aunque tenga que seguir las palabras con el dedo y mueva los labios mientras lo hace. La alianza fue más compleja, fue necesario el ogro para ella.

-El Orco nos ha dado victorias, pero hiciste mal en escogerle y te castigué por ello. Su destino es más grande que esto y no nos dará la victoria de buen grado. Es el eslabón frágil de nuestra alianza pero no es el traidor, no conscientemente, al menos.

-El Ogro fue necesario. Lo encontré en las Montañas del Este y me lanzó sus monstruos contra mí. Su tribu lo venera así que tuve que ganarme su confianza y enseñarle secretos… Sabe… Sabe que le sirvo… Pero no le he dicho su nombre… Y sabe que el artefacto es de gran poder. Para que funcionara la alianza conseguí que medio mapa cayera en sus manos por medio de un mercader de la Ruta de la Seda y mediante sueños sugerí que la otra mitad estaba en manos de Grimgor. Nadie ha vencido a la bestia así que el brujo ogro optó por la alianza.

-El brujo ogro sabe mucho, por lo que me estás contando… ¿Lo ha contado al resto de generales? No contestes gusano, no creo que lo haya hecho… Si es inteligente no confiará en ellos… Aunque si lo fuera tampoco debería haber confiado en ti… En fin ¿Y el humano? Los humanos siempre han sido buenos peones en nuestras guerras y sirven gustosamente, lo quieran o no… ¿Esta pequeña marioneta juega bien al juego?

-Durante años le he seguido y he guiado no pocas veces su fortuna, a pesar de eso no me conoce apenas. Tiene cuentas pendientes con uno de los Asur pero su corazón no nos pertenece así que luchará hasta donde el oro llegue.

-Es el que menos nos conoce, eso está bien… ¿Y cómo están ahora?

La pequeña criatura había dejado de temblar mientras hablaba y su voz había tomado un tono firme al hablar de sus logros y su trabajo. La pregunta hizo que los ojos de la gran criatura azulada se fijaron en la pequeña y sintió derretirse ante el poder y el odio que irradiaba desde su plumaje iridescente. Los temblores volvieron.

-El ta- tablero está dispuesto, mi señor… -Se arrodilló- Los ejércitos están desmoralizados pero aún tienen fuerza y poder… Si toman la torre al asalto todavía pueden acabar con la resistencia. Pe-pero en cuanto entren en el asedio perderán nuestro favor y no podremos protegerles. Son guerreros poderosos pe-pero puede que mueran, señor. Lo sabe… Van a a-atacar una vez. Que-queríamos un asedio prolongado y matarlos de hambre… Pe-pero va a tener que ser un ataque total a la torre.

-Bien lo sé, y va a ser sangriento y brutal. Los Dioses nos abandonaron a nuestro destino… Y ese destino está ahora en manos de meros mortales, inconscientes de lo que les aguarda bajo el Velo.


Texto: Rafa Doñate

domingo, 29 de abril de 2018

Final de fase 4 Concilio del Orden

Lieredan hinchó el pecho con orgullo, mientras veía avanzar las columnas de Elfos y Enanos hacia el interior del valle. Si su padre pudiese contemprarles, seguro que se sentiría orgulloso de que formase parte de las falanges de lanceros Asur que ejercían de columna vertebral élfica en aquella campaña. Sin embargo, no estaba segura de qué pensaría si supiese que, a tan solo unos metros de distancia, un férreo grupo de ballesteros enanos marchaban junto a ella. Los tiempos cambiaban, pensó, y muchas cosas también lo harían cuando la Guerra de Tor Tal-Harin –como empezaban a llamarla los soldados– llegase a su fin. Sin embargo, ocurriese lo que ocurriese en el futuro, Leredan siempre podría decir con orgullo que ella estuvo allí, luchando contra enemigos de todos los rincones del mundo, y que su escudo siempre había resistido.

Un grupo de mensajeros a caballo pasó al lado de su unidad, como empujados por la brisa marina, hasta el frente de la columna, donde la Almirante Finulein y su alto mando compartían la caminata de sus soldados. Empezaban a correr muchos rumores sobre ella y el resto de comandantes de la alianza, aunque era difícil diferenciar los que eran verdad de las exageraciones o, también, los que eran pura fantasía. Fuese como fuese, cada noble y cada plebeyo que combatía en aquella inhóspita tierra tenía la seguridad de estar participando en algo grande para Ulthuan, una victoria como la que no se veía desde que los ejércitos del Caos se estrellaron contra los muros de Middenheim... aunque bien es cierto que la hueste no estaba comandada por Teclis y que sus enemigos no estaban a la altura del Señor del Fin de los Tiempos, aunque lo cierto es que no había habido conflictos a gran escala desde entonces. En los últimos trece años, a excepción de sucesos como el último intento fracasado Druchii de invadir Ulthuan, el mundo se había visto envuelto en una extraña calma, como si hubiese necesitado recuperarse de aquella tormenta.

Sin embargo, se rumoreaba que las cavernas que había bajo Tor Tal-Harin contenían un secreto ancestral... de la época en la que los dioses caminaban sobre la Tierra y Aenarion era un joven viajero en un mundo donde no existían el mal ni la corrupción del Caos. Si eso era cierto, ¿qué podrían descubrir? Los adeptos que trabajaban intentando acceder a esos secretos hablaban poco, pero lo hacían, y aquí y allá se habían ido filtrando ideas, noticias y temores: los comandantes habían ordenado apostar una batería fortificada de artillería enana y a los mejores guerreros de los que podían prescindir en la campaña, pues se habían escuchado extraños ruidos al otro lado de la puerta. Si allí dentro había algo hostil iban a estar preparados, aunque debía reconocer que sentía cierto alivio de no haber sido destinada a la guarnición subterránea.

Los cuernos y trompetas sonaron y las huestes respondieron de forma ordenada, llegados a ese punto los diferentes ejércitos se movilizaban en direcciones distintas para encarar a un enemigo que se encontraba disperso por el territorio y desorganizado. Lieredan volvió a sonreír, confiada en lo que le depararía el futuro; el sol brillaba sobre el firmamento, los estandartes ondeaban al viento y la alianza entre Enanos y Altos elfos marchaba a la batalla.

Autor: Ximo Soler


domingo, 15 de abril de 2018

4.1 Corsarios de Finulein (Altos elfos) VS Incursores de Isgaard Mantonocturno (Elfos Oscuros)

Arathar cruzó la explanada que había frente a la granja, usando su aura mágica para evitar mojarse con la lluvia que empezaba a caer. A su alrededor, los Asur se apresuraban a levantar un campamento defensivo y a tratar a los heridos; desde el momento en que Finulein había sido derribada el mando de la hueste élfica había recaído en él, algo que le incomodaba. La almirante era una gran estratega tanto en el campo de batalla como en la gestión del ejército sobre el territorio, pero él siempre se había sentido más cómodo entre libros... no tenía madera de militar y mucho menos de líder. Comprobó que los guerreros de Hoeth heridos se encontraban todo lo bien que permitía su situación y, sin perder más el tiempo, abrió la puerta de la granja. En seguida, el olor de la sangre y los gemidos de agonía lo transportaron a la realidad de un hospital de campaña, un mundo que él mismo había conocido en los últimos enfrentamientos y algo que no le deseaba a nadie. Una oleada de rabia le inundó al pensar en los buenos elfos y elfas que había perdido la vida en aquella jornada, gotas irrecuperables en el mar de un pueblo que se secaba; la muerte de cada hijo e hija de Ulthuan era un drama irreparable que Arathar desearía tener el poder de evitar. Por eso tenía tantas esperanzas puestas en los secretos que se ocultaban tras las grandes puertas de la Cámara, deseaba obtener el conocimiento y el poder suficientes para salvar a su pueblo de morir marchitado como una flor en invierno. 

Sobre la mesa más grande de la granja, un médico-hechicero cauterizaba la herida de Finulein que, con el torso completamente descubierto, era sostenida por dos fornidos Yelmos Plateados; aunque, por sus rostros, era evidente que ambos hubiesen preferido estar al frente de una carga suicida. La Almirante se se revolvió durante un momento y, al terminar la cura de emergencia, relajó todos los músculos de su cuerpo, exhausta. Arathar despachó a los presentes y la tapó con su propia capa, a la espera de que recuperase fuerzas. 

–Informe... –puede que el cuerpo de la bastarda de Finubar estuviese débil, pero su mente y su mirada seguían siendo de acero– Dime cuántas bajas. 

–Demasiadas, como siempre. Pero muchas menos de las que temíamos. Un buen número de milicianos y Yelmos Plateados; los Maestros de la Espada que te cubrieron cuando fuiste herida han sido diezmados, pero aquellas guerreras no se detenían a rematar a los heridos, por lo que muchos de ellos volverán a ponerse en pie. Como te he dicho, demasiadas bajas, pero el grueso del ejército ha salido indemne. 

–Gracias a ti... Hoy mucha gente te debemos la vida.

–Los vientos de la magia son caprichosos en estas tierras... creo que el artefacto interfiere en ellos de alguna manera. Hoy hemos tenido suerte. 

–No te menosprecies, amigo, las cosas habrían sido muy distintas si no hubieses acompañado a la flota. ¿Qué sabemos del príncipe oscuro? 

–Nada, tras la huida general de los druchii, los exploradores y los jinetes que aún podían combatir se han lanzado en su persecución, pero todavía no tenemos noticias suyas. Me temo que el enemigo intentará volver a las montañas. 

–Bien hecho, nosotros debemos reunirnos con nuestros aliados para el asalto final. El desgaste empieza a hacer mella en todos, así que es hora de zanjar esto. Me temo que tendrás que asumir el mando durante unos días, hasta que los médicos me dejen hacer algo útil. 

–No te preocupes, me las arreglaré. Comparado con intentar desentrañar los misterios de una puerta arcana protegida por hechizos milenarios, no creo que sea tan difícil dar órdenes a un grupo de soldados. 

Cuando el hechicero salió, le quedó la satisfacción de ver la débil sonrisa que su torpe broma había dejado en el rostro de Finulein. Sin embargo estaba preocupado por ella. Demasiadas heridas, demasiada responsabilidad y, solo había que mirar a su alrededor, demasiada muerte. Únicamente los dioses sabían el peso que caía sobre los hombros de la Almirante, pero por unos días él tomaría el relevo. La necesitaban fuerte, porque la puerta ancestral cada vez estaba más cerca de ser abierta y no dudaba de que sus enemigos tenían intención de morir matando.


Autor: Ximo Soler

4.2. Astrohz el implacable (Altos elfos) VS Los Brutos de Gorgo (Ogros)

Las razas del Viejo Mundo sabían mucho de la guerra, pero de una forma salvaje, brutal y directa; no conocían las artes de la táctica en el modo en que Astrohz la había aprendido luchando en las tierras de Nagaryte, contra los Druchii. Durante varios días, su hueste había seguido al grupo de Ogros por las montañas, esperando el momento propicio de atacar. El buen general debe intentar vencer el combate antes de que se produzca la primera baja, pensó, y eso era lo que él había conseguido en aquel momento. La oscuridad del firmamento les ocultaba y la lluvia impedía que fuesen escuchados, si había algún momento idóneo para el ataque era ese. 

Cayeron sobre el enemigo desde las montañas, en un suspiro la caballería y la falange de lanceros había puesto en fuga al grueso de tropas ogras; convirtiendo la batalla en un auténtico caos donde los Altos Elfos mataban a placer. Sin embargo, mientras el príncipe alzaba su espada para gritar por la victoria, escuchó un sonido en la retaguardia de sus guerreros del cual ya le habían hablado. Giró sobre sus talones y cruzó entre las líneas de armaduras brillantes, dispuesto defender las vidas de los suyos una vez más. Frente a él, una Gargantúa enfurecida había hecho un círculo de muerte y sangre a su alrededor, pero no era nada el que veterano general élfico no pudiese enfrentar. La bestia le encaró e intentó agarrarlo, pero antes de que se diese cuenta el diminuto guerrero ya no se encontraba allí, sino que le hería con su espada clavándola una y otra vez allí donde ella parecía no poder alcanzarlo. La danza de Astrohz se prolongó durante unos segundos, cortando y apuñalando, arrancando sangre y aullidos de su enemigo. La lluvia caía y la escena era observada por un muro de escudos élficos, al resplandor intermitente de la tormenta. De repente, un sonido metálico y un grito sordo y el príncipe voló por los aires con la armadura abollada. De entre las filas Asur escapó un suspiro de miedo y desanimo; sin embargo, Astrohz se levantó con rapidez para recibir un segundo zarpazo, que rasgó su cota de láminas y lo volvió a lanzar a unos metros de distancia. Esta vez, el viejo guerrero tuvo tiempo de incorporarse, dolorido y ensangrentado, dispuesto a acabar con el depredador de las montañas. Cargó. Sus pies chapotearon en el barro con ligereza, porpulsándolo en un larguísimo salto que le puso a espaldas de la Gargantúa mientras su espada mágica describía un amplio arco mortal. Cuando rodó por el suelo la bestia yacía en el suelo decapitada, con los espasmos de su última sorpresa. Se volvió a incorporar y, sin hablar ni mostrar dolor, lideró de nuevo a sus lanceros. Aún había una batalla que ganar. 


Autor: Ximo

domingo, 1 de abril de 2018

Final de fase 3: Concilio del Orden


Ashtroz cabalgaba acompañado de sus oficiales a través de la calle principal del enorme campamento de campaña, ansioso por llegar a la gran tienda en torno a la que se organizaban los ejércitos aliados. Allí donde ponía sus ojos veía cómo la línea invisible que separaba a Asur y a Enanos se iba desvaneciendo, una realidad impuesta por las necesidades de la guerra y que no estaba seguro de si le agradaba. Su padre cayó luchando en la Guerra de la Barba y, pese a que no existía ninguna duda al respecto de su profesionalidad y su sentido del deber, había esperado que aquella alianza hubiese quedado en lo meramente obligatorio. Sin embargo, y que Caledor el Impetuoso les perdonase, ambas razas habían comenzado a relacionarse más allá de lo impuesto por sus oficiales. Con estos pensamientos en la cabeza desmontó frente a la tienda del Alto Mando y se apresuró a pasar entre el nutrido grupo de guardias, un conglomerado imponente de la élite de cada hueste. Sus ojos tardaron un instante en acostumbrarse a la penumbra del recinto, pero aún cuando consiguió ver con claridad no pudo evitar dudar de si lo que contemplaba era cierto: Finulein y Grungthan a un lado estudiando un mapa del territorio, mientras que Lindir (aún con su armadura) y un maltrecho Úlfgar compartían una charla amistosa marinada con vino y cerveza. 

–He venido en cuanto me han comunicado vuestra llegada –fue lo único que acertó a decir ante la confusa escena–, dicen que habéis sufrido una emboscada por el camino. 

–Así es –contestó Lindir con una sonrisa socarrona–, nos atacaron en las colinas del Sur-Este, pero me temo que el combate no acabó como ellos esperaban. 

–Doy gracias a Asuryan, durante unas horas hemos temido por vuestras vidas. 

–Bueno, he de decir que este barbilampiño me ha demostrado que sabe pelear... encima de un caballo –gruñó Úlfgar–. Algo es algo. Menos mal para él que mis enanos han hecho el trabajo sucio para que él y los suyos no tuviesen que mancharse demasiado las manos. 

Si Ashtroz esperaba encontrar algún tipo de menosprecio real en aquellas palabras no lo hizo, más bien al contrario. Algo empezaba a cambiar, aunque no sabía identificar el qué. 

–Y bien –preguntó Lindir–, ¿cuál es el estado de las huestes? 

–Vengo de pasar revista a las tropas y de comprobar el estado de nuestras líneas de suministros. Todo está en orden, ha habido pequeños asaltos a nuestros convoyes de aprovisionamiento, pero nada serio. 

–Tras vuestra llegada, ahora lo que debemos decidir es nuestro siguiente paso. Las patruyas de Lindir dicen que el enemigo se encuentra disperso en estos puntos de aquí –dijo Grunghtam, señalando algunos lugares del mapa–. 

–Los incursores druchii se han reagrupado en una granja de este valle, si soy rápida podré alcanzarles antes de que se marchen. Puede que, si tiento el orgullo de su comandante, sea capaz de forzarles a cometer un error táctico –aportó la elfa. 

–Sea así –repuso Ashtroz–. Yo partiré en busca de los restos de la fuerza de combate que os ha emboscado hoy, si están huyendo a las montañas, como es de esperar, los interceptaré. 

–Úlfgar, tu debes recuperarte. Y no murmures, no voy a admitir discusión respecto a esto –ordenó Grungtham–. Vas a cubrir nuestra retaguardia con tus guerreros, estoy seguro de que alguno de nuestros enemigos intentará flanquearnos en estos valles. En cuanto a mi, saldré en busca de Grimgor, es hora de alguien lo detenga. 

–Muy bien, mis jinetes solo necesitan re-abastecerse y dejar descansar a sus corceles, pero partiremos al amanecer para cazar a todo lo que se ponga en nuestro camino, sea de la raza que sea. 

–Poco más podemos añadir, amigos –dijo Lindir sirviéndose vino y alzando la copa–. Que Asuryan esté con nosotros, si ahora cosechamos victorias claras les obligaremos a retroceder y pondremos a salvo Tor Tal-Harin. No podemos fallar. 

Autor: Ximo Soler.


Final Fase 3: Contubernio del mal


La enormes hogueras hacías que las sombras del interior de  la tienda bailaran como si fueran demonios frenéticos. Los tambores y los gritos de los orcos zalvajez no ayudaban a relajarse. Pocas veces había estado Samuel Sime en una tienda con unos generales como estos, Grimgor era una montaña de músculos tan grande como el propio ogro y el aura de violencia que transmitía con cada movimiento solo hacía que a Samuel le hiciera padecer un dolor de cabeza justo detrás de los ojos y unas ganas de aporrear a alguien como solo había sentido en plena batalla, como cuando estás con el barro y la sangre hasta los ojos y solo piensas en darle una patada en la cara al soldado que está en el suelo y que tienes que evitar que se levante, porque si no, te dará la patada a ti.

El orco habló:
-¿Zamuel, tú que opinaz?

Samuel volvió de las profundidades de su mente.
-¿Eh? Sí... Esto... Hemos sufrido bajas, la cabrona de Finulein nos pegó muy duro, pero nosotros lo somos más. Por lo que me han contado los exploradores, han tomado presos a muchos de mis soldados. ¡Ja! -Rió de forma amarga- debería haber matado a esa panda de perros... Conozco a los que se llevó y son una panda de hijos de puta que vana hacer la vida imposible a esa elfa. Los escogí personalmente después de un asalto a una fortaleza de los Hombres rata, habían sobrevivido varios meses en las jaulas de las ratas... Que aprovechen las vacaciones que han cogido de los elfos. Cuando los vuelva a coger ¡Van a saber lo que es trabajar!

-Me alegra zaber que tuz chicoz zon chicoz duroz, ¡Pero los chicoz duroz no valen para nada zi eztan con loz elfoz!- Dijo Grimgor dando un puñetazo en la mesa.- ¡Loz cochinoz elfoz noz eztán deztrozando! ¡No eztamos conziguiendo ninguna pozizión! ¡Tenemoz que llegar a eza fortaleza de alguna forma!

-Eso es cierto Grimgor- Intervino Yuggath- El camino que dijo el enano estaba mejor defendido de lo que esperábamos.

-¡Tu cállate Yugazz! ¡Todoz hemoz vizto como te agarrabaz laz faldaz y zalíaz corriendo delante del elfo de loz caballoz! -Gimgor hizo un gesto teatral burlón con las manoz- Dizez Uuuuuuuuh... Y hazez muchaz cozaz con laz manoz y dizez muchaz palabrejaz raraz y la gente muere cuando hazez ezo... ¡Pero no zabez nada de comandar tropaz y de luchar de verdad! Dijizte que el enano aquel de la crezta naranja lo habíaz matado pero me tocó a mí acabar el trabajo.

Samuel Sime sintió un escalofrío en la nuca, en parte por las dos enormes bestias discutiendo delante de él y en parte por la extraña voz susurrante que en un rincón de la tienda dijo:

-El enano del que habláis sigue con vida, está herido de por vida por lo que habéis hecho los dos, pero vive y lucha como siempre.

Una de las sombras de la tienda dejó de bailar al son de los tambores orcos y se hizo más densa, casi material. La sombra habló:

-Me envía mi amo Ernhuzk, el enano no ha conseguido establecer su posición, no tendréis el apoyo por su parte, el elfo que llamáis Isgaard si ha conseguido su plan, su posición es adecuada para el asalto. Decidme y le entregaré la información a los otros generales ¿Habéis conseguido vuestras posiciones? ¿El asalto a la torre es la que planeamos? Contestadme y enviaré las respuestas a mi amo Ernhuzk.

El ogro se acercó a la pequeña y sibilante criatura del caos y le dijo:

-Dile a tu amo que no hemos conseguido las posiciones, el camino estaba defendido, intentamos emboscar a los enanos pero fue una trampa y Lindir nos atrapó y rompió nuestras filas. Finulein también destrozó el flanco oeste con el que Samuel protegía nuestra posición y hemos tenido que huir al norte, necesitamos saber la posición de Ernuzhk y si podemos apoyarnos en él para marchar a la torre. A pesar de eso, creemos que podemos tomar la torre por asalto si cargamos por el camino del sur, no es el plan que habíamos acordado, pero si Isgaard está donde acordamos, quizá el asalto deba ser por ahí.

La criatura asintió, y con una sonrisa malévola contestó:
-Transmitiré la información a mi amo... ¡Ah, por cierto! Vuestros enemigos están a punto de abrir la cámara y de desvelar sus secretos... Están tardando mucho, pues no tienen ni idea de como funciona esa cámara- El demonio pareció complacido por ese dato- Es tan fácil de abrir que hasta uno de vuestros cachorros podría hacerlo... Menos mal que sois vosotros los que contáis con mi ayuda... Espero que podáis conseguir pronto llegar hasta ahí pues como utilicen el Artefacto no podréis contar conmigo...

Y los ojos se fundieron con la sombra y desaparecieron.

-Malditos demonios, son traicioneros y malvados, esta campaña no acabará bien si la dejamos en sus manos - Dijo Samuel Sime. Aunque en su interior pensaba que era una buena forma de transmitir órdenes a sus tropas... si se pudiera eliminar de alguna forma la capacidad que tenían de mentir y de transformar todo lo que dicen a su antojo... Quizá sean útiles.

Autor: Draughleth



lunes, 26 de marzo de 2018

Ronda 3.4 Úlfgar el carnicero (Enanos) y el Príncipe Lindir de Caledor (Altos elfos) VS Los Machotez de Grimgor (Orcos) y Los Brutos de Gorgo (Ogros)

Rarn-Hor sonreía, pletórico de emoción guerrera, mientras contemplaba caer al gigante en toda su estatura; el enorme monstruo traído hasta allí por los orcos deshacía las filas de estoicos enanos, hasta que el contingente de Príncipes Dragón consiguió abatirlo. Los gritos de batalla de Caledor se unieron al caos de aquella emboscada que, contra todo pronóstico, elfos y enanos estaban consiguiendo girar en su favor; allí donde pusiese la mirada, la infantería enana se mantenían férreas y la caballería élfica aplastaba enemigos. El capitán habló brevemente con su comandante y ordenó a Rarn-Hor que organizase las filas para continuar el combate, algo que en una unidad de disciplinados príncipes de Ulthuan no era tarea difícil. Agarró su cuerno de guerra, ricamente labrado en plata y oro, y lanzó al cielo una poderosa nota con toda la fuerza de sus pulmones. Tras él y a su lado, los jinetes se reorganizaron y siguieron a su líder en busca de nuevos enemigos. Sin embargo, Lindir alzó la mano a los pocos segundos y provocó que la columna frenase en seco. Frente a ellos, semi-enterrado en cadáveres de piel verde, un matador con enorme cresta anaranjada parecía agarrarse a la vida con sus últimas fuerzas. En pocos minutos, dos elfos lo habían sacado de donde estaba e intentaban volverlo en sí con un poco de agua; la batalla seguía desarrollándose, pero parecía que allí se había detenido el tiempo. 

–Úlfgar –dijo Lindir con cierta sorna–, jamás pensé que te echarías a descansar en mitad de una batalla. No es propio de ti. 

El musculoso enano se zafó de los dos caballeros y escupió un esputo de sangre, tenía la cara destrozada por un golpe y muchos dientes rotos, pero nada de eso le había arrancado la ira de los ojos. Farfulló algo, pero nadie lo consiguió entender. 

–Lo siento, pero no te he escuchado bien... –dijo Lindir– supongo que has querido decir que seguirías luchando pero que tus heridas te lo impiden, y que te sientes muy agradecido porque te acabo de salvar la vida. 

Úlfgar farfulló algo que, sin duda, no se parecía en nada a un agradecimiento. Intentó alzarse pero su cuerpo le devolvió a la cruda realidad, desplomándose en el suelo. Aquella campaña estaba cambiado la percepción del príncipe respecto a aquellos guerreros barbudos, había hecho mal en menospreciarlos; además, él había sido educado para respetar aquel tipo de valentía en el campo de batalla. 

–Que diez guerreros lo pongan a salvo, si le ocurre algo responderán directamente ante mí. Ahora vamos a ayudar a nuestros aliados, hay que reconocerles la habilidad guerrera y la tozudez de la que hablaba mi abuelo. Yo crecí escuchando aquellas historia de la Guerra de la Barba, no deja de ser gracioso que hoy estemos luchando codo a codo con ellos. 

Y sin añadir más, picó espuelas y cabalgó a la batalla seguido de su escolta de Príncipes Dragón, preparado a llevar la ira de Ulthuan contra aquellos que habían osado atacarles. Rar-Horn volvió a hacer sonar su cuerno en entonación de marcha pensando en las palabras del comandante, aquella guerra iba a marcar un antes y un después; tal vez demostraría que ninguna fuerza podía oponerse a las hachas enanas y las lanzas élficas si combatían unidas. ¿Quién sabía qué podría salir de allí? Con este pensamiento se dejó conducir por su corcel hacia el combate. ¡Caledor marchaba a la batalla!

Autor: Ximo Soler

Despliegue de los ejércitos

Los enanos están rodeados

Los orcos lanzaron todos los insultos que pudieron a los estoicos enanos



Los ogros intentaron rodear a la caballería élfica, que en seguida rompió la línea ogra


Las botellas rotas, las piedras y las espadas oxidadas que lanzaron los Gnoblars a Úlfgar no hicieron más que irritar al matador.

Bob el Hermoso hizo una inspirada demostración de bailes regionales típicos de Estalia sobre los Rompehierros enanos con la que se ganó la ovación del público. 

Úlfgar vio todos esos orcos juntos y no pudo contenerse de ir a ver de qué color tenían la sangre




La gloriosa y valerosa carga del Príncipe Lindir a la carroña Gnoblar.


Épico enfrentamiento entre dos enormes bestias



La carga de los elfos destroza la línea ogra y acaba con el baile del gigante, los Comehombres se preparan para ser acribillados y los ocoz zalvajez huyen despavoridos del lugar. Sólo Grimgor permanece, rodeado de enemigos.