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lunes, 12 de julio de 2021

Recuerdos

 Abro los ojos y miro la luz de las frías estrellas.


Con grandes dificultades me levanto. Llevo con los ojos abiertos... ¿Horas? ¿Días? He estado intentando reconocer las estrellas que aparecen débiles e impasibles en la bóveda celeste. Las veo a través del enorme agujero fracturado del techo. No reconozco estas estrellas. No reconozco este cielo. Veo una mancha roja recorriendo el firmamento de un lado a otro. A diferencia de las estrellas, la veo cuando el cielo es oscuro y también cuando está claro. Es una cicatriz sangrante, hay dentro de ella un hambre atroz que me aterra. Me interno en un pasillo y observo a mi alrededor, extensos corredores y bóvedas vacías se extienden ante mí. El polvo de siglos se arremolina en torno a mis pies. El aire debe ser frío, si es que hay aire. No puedo respirarlo, parece. Un ruido atrae mi atención. Una luz titilante corretea entre las sombras y emerge de entre los escombros un extraño ser mecánico. Me produce rechazo, viene hacia mí sin temerme, correteando con sus múltiples patas sobre el polvo. Me molesta su presencia e intento aplastarlo para que no se me acerque más. Levanto un pie y me quedo mirando la extraña extremidad como si no fuera mía. Al final de mi pierna, cromado y brillante contemplo un pie metálico. Observo mis manos, del mismo metal. Mi torso, mis brazos, mis piernas. Metal. El ser mecánico me observa y lo ahuyento con un estrepitoso gesto de mis chirriantes brazos. Desaparece de mi vista y yo empiezo a caminar y a vagar por entre las ruinas derrumbadas durante lo que me parece una eternidad. Encuentro agua, una corriente se infiltra por las rocas y forma un sucio charco poco profundo, a la luz de estrellas desconocidas unos ardientes ojos mecánicos me devuelven la mirada. 


Necrón. 


Oigo la palabra susurrada por una voz desconocida en el interior de la cabeza metálica en la que estoy atrapado. Me sumerjo en la oscuridad.


No sé cuánto tiempo he estado vagando, no sé cómo he llegado a estas estancias, no sé quién soy, ni qué es este lugar frío y muerto; mis pies se mueven una y otra vez de forma rítmica, dejo un surco en el polvo del suelo. No recuerdo de donde vengo y las huellas de mis pasos se pierden en la oscuridad que inunda los pasillos y las salas vacías. Observo la débil luz que entra por los amplios ventanales y veo una llanura infinita, vacía y desolada, bañada por un frío sol, lejano y mortecino. Me cruzo con enormes criaturas mecánicas que avanzan con gesto delicado entre las ruinas. No notan mi presencia. Tampoco siento miedo, ni curiosidad, estoy hecho de metal, me doy cuenta de ello; ¿será por eso que no siento nada? Tampoco recuerdo nada. Una de esas criaturas de largas y finas patas se gira hacia mí. Me mira con sus múltiples ojos brillantes y muertos. La palabra Necrón otra vez resuena en esta hueca cabeza de metal y vuelvo a dormirme.


Despierto de pie; ¿He andado en sueños? Esta vez tengo la cabeza más despejada, recuerdo algo, ¿Una vida anterior a estas ruinas? Había un mundo moribundo, hubo debates en los foros, hubo arengas a favor y en contra, recuerdo… La inestabilidad, la crisis, la escasez, las guerras… Atravieso un pasillo, el cielo se ve claro y despejado a través de los enormes ventanales. La mancha roja me observa maliciosamente. No es la primera vez que me mira; ¿O sí? Me siento confuso. Mis pasos no se detienen; ¿voy a alguna parte? No siento hambre… Hambre, comida. Recuerdo la comida, sabrosa, caliente, reponía fuerzas y daba energías. ¿Yo como?


Necrón.


Vuelvo a sentir esa palabra en mi cabeza. Intento ignorarla pero resuena con más fuerza. No siento cansancio tampoco aunque mi cuerpo no ha dejado de caminar desde que me levanté. Huesos, carne, sangre, músculos, recuerdo que una vez los tuve.


Necrón.


Insiste la voz. Oscuridad otra vez.




Sigo recordando. 

Huimos de casa, sí. Estuvimos en una columna de refugiados, estoy empezando a recordar mientras camino por los largos pasillos. Nuestros líderes se oponían a… Aquellos nuevos Dioses, recuerdo la propaganda de la Triarca, a nuestros jóvenes alistándose para servir… ¿Estuvimos? ¿Quién más se fue con ellos? Tengo un recuerdo borroso, recuerdo su rostro ¿Quién era? Recuerdo que le quería, le vi nacer, crecer. Todavía era joven y fuerte y crecía alto y yo me sentía orgulloso de… 


Necrón.




Cada vez la oigo más fuerte, ya no es un susurro, es casi una orden. Estoy aterrado. No quiero volver a la oscuridad.


Despierto otra vez. Es de noche ahora y sé que no he parado de caminar en sueños. La cicatriz roja brilla fuerte y de forma cruel. Siento que está satisfecha aunque sigue terriblemente hambrienta. La mayor parte del techo se ha derrumbado y se ven las estrellas sobre una llanura infinita y vacía. Los pequeños insectos metálicos siguen dando vueltas a mi alrededor pero no se me acercan. Están nerviosos, excitados. Algo está ocurriendo. Se oyen ruidos en la distancia. Me siento repugnado por sus movimientos, sus chirridos, esa forma de moverse. No están vivos. Vivos... ¿Lo estuvieron alguna vez? Recuerdo que sentí cariño hacía una criatura similar que dormía a mis pies, sentir su cercanía me relajaba, recuerdo cariño hacia mí, pero recuerdo juegos y caricias y no era como estos seres mecánicos, fríos y muertos. Muertos. Me detengo en esa palabra, significaba… ¿Quién más está muerto? Caricias, cariño… Había más gente conmigo, los estoy buscando ¿Los estoy buscando? Familia es la palabra que estoy buscando, huí con mi familia. Nos perseguían, no estábamos de acuerdo con lo que ocurría. La biotransferencia sonaba horrible, la gente tenía miedo, el hambre y la guerra nos estaba consumiendo, nuestros líderes perdieron la cabeza. La propaganda era brutal, las revueltas fueron aplastadas, nuestros hogares destruidos, tuvimos que huir, los nuevos Dioses prometían...  Me llevo las manos a la cabeza yo.. yo… ¿Dónde está mi...?


—¡Eh tú! ¡Soldado! ¡Detente! Por los soles binarios… ¿Qué haces aquí?


¡Una voz! ¿Quién..? ¿Qué es esto? Esta criatura se parece a mí, está hecha de metal pero no es como esos monstruos de patas largas… ¿Eso es un… Necrón? ¿Yo soy así?


—No obedece a los protocolos de mando— Gruñe de resignación— Otro cercenado, en este ala del complejo contabilizo quince, el Despertar no está funcionando según el plan establecido. El Gran Señor no estará contento por todos estos fallos… Vamos a ver qué te pasa a ti. Detén tus funciones motoras mientras reconfiguro tu sistema.


¿De qué habla este ser? ¿Qué hace? ¿Por qué no puedo moverme? ¿Qué has hecho conmigo? Espera. No te acerques, más. Me está tocando ¡No! Aleja esas garras metálicas de mí; ¡Detente! No puedo gritar, no me toques máquina infernal, no quiero, no quiero que…




Click


—Intervención finalizada, probando protocolos de mando… Sí, ahora responde correctamente. No sé qué estrellas pasó con todos vosotros que tenéis los cerebros llenos de archivos corruptos, pero parece que obedecéis tal y como os corresponde. La solución es sencilla, transmitiré al resto de criptecnólogos que con un borrado masivo de estos archivos se soluciona. El escáner dice que no hay ningún guerrero más en este ala. En fin, soldado, coge un rifle gauss y únete a la Legión. Esos malditos humanos se vuelven más grandes y más brutos con el pasar de los milenios pero siguen siendo igual de estúpidos. Venga, el Gran Señor aguarda.


jueves, 24 de enero de 2019

Dramatis personae: Pegomastax

El marine estaba desnudo, arrodillado en el centro del círculo recitando el ritual, su piel amarilla brillaba de sudor por el esfuerzo. Los pedazos de armadura descansaban en orden apoyados en una roca, los ojos del yelmo picudo miraban hacía el vacío cielo del planeta mientras el pequeño sol giraba a su alrededor a gran velocidad.

Una vez las palabras pronunciadas fueron lanzadas al inmisericorde vacío disfrome, el aire alrededor del guerrero se torció, se dobló sobre si mismo e hizo una pirueta, un pico lleno de un millar de pequeños dientes cónicos y afilados habló con cuatro voces a la vez:


Marine táctico leal trasformado en caótico, el brazo del arma de mano es de los Hombres Lagarto y el de la pistola es de los enanos de Warhammer Fantasy, la tela de la pierna es masilla verde y el engranaje de la peana de un tippex.


-¿Me llamarás Pegomastax? Habré escuchado tu llamada? Decías ¿Que deseaste?

-Te saludo, Anseris bienvenido al plano mortal, ha pasado ya el tiempo que hablamos ¿Has conseguido aquello que prometiste?

-Si, si... lo haré, tuve aquí mismo el objeto. ¿Quisiste verlo?

-El círculo que me protege está listo, no quiero que lo traspases pero el arma puede hacerlo siempre que no hayas traicionado tu promesa.

Imprimado en rojo Khorne y pintado con los colores de un capítulo leal, según el trasfondo que estoy creando son los restos de una legión leal que ahora sirve al caos y algunos de los guerreros visten o bien los colores de su capítulo original o armaduras rapiñadas de los emigos caídos.


El demonio pareció ofendido, o lo intentó. Había tenido pocos contactos con humanos y los conocía menos de lo que él alardeaba. Pegomastax advirtió que el demonio en realidad estaba complacido por la reticencia a confiar en él, la sospecha de una traición es motivo de regocijo para este tipo de demonio.

-¿Te hube traicionado yo alguna vez? Me pedirás un arma porque pierdes tu la tuya en aquél planeta cuando luchas contra tus hermanos pero yo hubiera cumplido mi promesa pero entonces...

-¡Basta! -Dijo Pegomastax alzando una mano, irritado. Ya era bastante complicado seguir la cháchara de este tipo de demonios y era aún peor cuando era uno de esos que no comprendía el concepto del tiempo y utilizaba mal los tiempos verbales. Las cuatro voces callaron.

-El arma, enseñamela.



La armadura está pintada al estilo Ultramarine, aunque los brazos amarillos y escamosos y los tatuajes dejan claro que es un sirviente del caos. Puede que sea un Ultramarine caído en el caos o un guerrero que mató a un Ultramarine y se puso su armadura.


El pico del demonio, de una coloración metálica similar al oro se torció en un gesto emplumado y el aire se solidificó en forma de pistola a los pies de Pegomastax. El artefacto era pequeño, mucho más que un bólter, estrecho y lleno de engranajes. Parecia arcaico y rudimentario, casi un juguete al lado del ruidoso bólter. Publius sorprendido miró con desprecio el pequeño juguete que yacía a sus pies.

-Se lo quito de las frías y muertas manos a un guerrero contra el que lucharemos. Será un poco más bajo que tu, con un largo pelo en la cara. Sorbería su alma y derribó sus fortalezas en las montañas es un plato delicioso. Hube mejorado su arma. Ahora fue mas potente.

Con suspicacia el guerrero cogió el arma que le tendía el demonio. El Espíritu máquina de su bólter había sido corrompido hacía mucho y el Caos no siempre favorece con sus mutaciones, perderlo fue perder el último hilo que lo sustentaba al Imperio al que sirvió antaño. No obstante, la Guerra Eterna sigue rugiendo a su alrededor y un Guerrero Astartes no es nada sin su arma. El Mechanicum oscuro le habló de una entidad disforme que podría proporcionarle un arma en condiciones. Cogió la pequeña pistola con cuidado, lamentando la posibilidad que el demonio le estuviera colando una baratija y temiendo que el demonio le hubiera engañado o que era tan idiota que no comprendía lo que le había pedido.

El arma no era un bólter, desde luego y su forma y ergonomía no estaban hechas para la mano de un astartes sino para alguien mucho más bajo y pequeño. Aún así, comprobó si tenía munición, en su interior había una pequeña bola de metal que parecía un proyectil sólido arcaico, amartilló con el dedo y apuntó a una roca enorme que había a unos metros de distancia. El disparo sonó débil, como un pequeño petardo como los que lanzaban los niños en las celebraciones de su antiguo planeta de origen. La roca estalló como si hubiera implosionado una granada dentro. Impresionado por la explosión, el marine miró el arma, sorprendido.

Será un Marine espacial del Caos en mi banda de Kill team, es el primero de mi banda que pinto e irá armado con una espada sierra y pístola bólter.


-Hago unos apaños en el arma. Disparó mucho mejor que en manos del pequeño guerrero.

-¿Qué tipo de munición lleva?

-¿Que fue munición? -Preguntó con interés el demonio, parecía no comprender la palabra.

Publius miró otra vez el arma ignorando al demonio, volvía a haber una pequeña bola de metal lista para disparar. El arma parecía estar modificada por el demonio y dispararía siempre igual. Estaba bien, le valía.

-Bueno, me gusta ¿Qué pides por el arma?

-Nada, poderoso Publius, para ti será gratis -Dijo con evidente malicia- solo quise llevarte la muerte a tus enemigos.

El pico dentado hizo un amago de sonrisa intentando parecer alguien en quien confiar, gorgoteando de forma horrible. El demonio no engañaba a nadie. Pegomastax se preocupó. Estaba convencido de que esto le iba a salir muy caro.

martes, 8 de mayo de 2018

5.4. Ejército de Grungtham el sabio (Enanos) VS Los Brutos de Grogo (Ogros)

Jutonhëim siempre había amado las explosiones y las tormentas, tal vez le gustaba el estampido de los cañones porque le recordaba al estruendo de los truenos en las montañas, pero condensando todo ese poder desmesurado en un único y potente instante. Su viejo siempre le había dicho que, con la munición de artillería suficiente, se podía matar hasta a los mismos dioses... Pero creció y maduró lo suficiente como para saber que las cosas no eran tan fáciles, no se podía derrotar a los poderes de la destrucción a cañonazos. Sin embargo, era muy probable que el cascarrabias de su padre, con sus historias, hubiese sido el culpable de que él acabase trabajando como ingeniero de los trenes de artillería de Barak-Varr. Y ahora se encontraba allí, en aquel glorioso día en que los cañones enanos desataban la destrucción sobre los enemigos de su hogar; tal vez no fuesen dioses, pero aquella marea de ogros –grandes como torres– había convertido su carga masiva en una huida hacia delante gracias al incesante martilleo de sus proyectiles del calibre cincuenta y dos. El cañón órgano que tenía a su lado volvió a rugir, con las bocas de acero humeantes y al rojo vivo, mientras hacía aún más densa la humareda blanca que cubría las filas enanas. Jutonhëim aspiró hondo y sonrió, seguro de que a su viejo le habría encantado estar allí.

–¡Me encanta el olor de la pólvora por la mañana! –exclamó mirando a las filas enemigas– Huele... ¡Huele a victoria!

Sus artilleros rieron mientras preparaban la siguiente carga de munición con la que alimentar al cañón mientras, bajo su posición, lo que quedaba de la marea de ogros conseguía chocar contra el duro muro de escudos enanos. El enemigo luchaba con un salvajismo difícilmente igualable, pero no era nada para lo que los enanos no estuviesen preparados. Mientras la sangre y los miembros saltaban de un lado a otro, Jutonhëim vio como una gargantúa salía de su madriguera subterránea y empezaba a despedazar a la dotación del cañón que había junto a ellos. Ordenó girar al órgano hacia la bestia y levantó el brazo, preparado para dar la señal de disparo; tal vez su viejo no tuviese razón, no se podía matar a cañonazos a un dios... pero con la suficiente munición podía reducir a astillas cualquier otra cosa, por muy grande que fuera. 


Autor: Ximo Soler



















miércoles, 2 de mayo de 2018

5.2. Astrohz el Implacable (Altos Elfos) VS Loz Muchachoz de Grimgor (Orcos)

La noche era cálida, todos y cada uno de los elfos de la hueste de Astrohz podía sentir cómo la primavera avanzaba con cada día que pasaba. Sin embargo, eran las piras funerarias donde los Asur lloraban a sus muertos las hacían que esa sensación de calor fuese aún más sofocante. La batalla que se había desarrollado al amanecer fue la última gran prueba para los guerreros de Nagarythe, aguerridos como pocos en Ulthuan. Una larga fila de Leones Blancos flanqueaba a la comitiva que se acercaba a la gran torre de madera que dominaba el rito funerario, liderada por el viejo Príncipe Astrohz. Aquella mañana, el comandante se había ganado por completo la lealtad de sus, ya de por sí, fieles soldados. Cada uno de los que en esos momentos se lamentaba por la pérdida de sus compañeros sabía que, de no ser por su líder, la carnicería habría sido mucho mayor. 

Pocos habían esperado encontrar al enemigo con las primeras luces del alba, pero tanto Asur como pieles verdes se habían lanzado unos contra otros con la pasión de dos amantes que vuelven a encontrarse. En aquella y otras campañas, Astrohz y los suyos habían hecho frente a multitud de enemigos, pero pocas veces vieron unas bestias como los orcos negros acorazados que lideraban al contingente orco. La esperanza abandonó las filas de la hueste resplandeciente cuando Grimgor emergió de entre sus guerreros para llevar la muerte y la destrucción a su paso; y sin embargo, cuando los corazones de todos los lanceros se encogían, sintiéndose incapaces de enfrentarse a aquel monstruo, apareció la amada figura del general. Como un faro blanco a punto de ser azotado por la más furiosa de las tempestades, Astrohz se mantuvo firme ante la furia hecha carne. Todos pensaban en aquel duelo cuando el héroe de Nagarythe se acercó hasta la pira funeraria y depositó la antorcha sobre la madera, iniciando el incendio que ardería durante toda la noche. Una brisa fresca sopló desde las montañas hacia el Oeste, las estrellas girarían durante las próximas horas para guiar las almas de los caídos hasta los monolitos que les esperaban en su tierra natal. 

Todos mantuvieron un respetuoso silencio, observando cada uno de los movimientos de su adorado líder, el único que había sido capaz de hacer frente al gran orco negro; luchando contra él casi como si fuese una danza, vertiginosa y mortal, en la que una lluvia de chispas saltaban con el choque de las armas y los golpes contra las protecciones mágicas que rodeaban a los contendientes. Todos habían visto como, contra toda lógica, el piel verde perdía fuelle y el elfo lo arrinconaba. Si quedaba alguna duda sobre ello, tras tantos años a su servicio, cada uno de los veteranos de Astrohz sabía que le seguirán hasta cualquier confín del mundo al que los guiase. Una batalla más. Un funeral más. Una muesca más en el escudo que protegía al mundo de la destrucción. Pocas razas entendían la magnitud del sacrificio que llevaban a cabo los hijos de Asuryan. 

La solemne ceremonia fue interrumpida por un murmullo creciente que se aproximaba a la gran pira, el repiqueteo de los ligeros cascos de un corcel élfico. El mensajero, un Maestro de la Espada de Hoeth, casi saltó de la silla de montar e hincó la rodilla ante Astrohz; le entregó un mensaje y esperó a un lado. El general leyó el mensaje y agradeció al correo su velocidad, el ejército volvería a Tor Tal-Harin al alba. Los muertos ya descansaban, pero los vivos aún tenían una batalla más que ganar. 


Autor: Ximo Soler



domingo, 15 de abril de 2018

Ronda 4.4 Príncipe Lindir (Altos elfos) y ejército de Grunghtam el sabio (Enanos) VS Muchachoz de Grimgor (Orcos) y Ernuzhk Espadahumante (Enanos del Caos)

De nuevo, sin saber exactamente cómo ocurría, Ernuzhk contempló con ira cómo la batalla se volvía en su contra. Mientras él y sus guerreros marchaban al combate lo más rápido que podían, tenía que observar con impotencia como ese maldito orco negro se estrellaba contra el enemigo en el flanco derecho, sin esperarle, atacando por su cuenta. Sabía perfectamente que Grimgor le odiaba y que le había sido difícil olvidar su pasado como esclavo en las oscuras minas enanas del Este, pero también era consciente de que era lo suficientemente buen guerrero como saber que era un suicidio lanzarse de esa manera, sin esperarle, contra el muro de lanzas y artillería que sus enemigos habían alzado. Gritó y maldijo, invocando al Padre de la Oscuridad para que hiciese caer su venganza contra aquel piel verde estúpido. Frente a él, el retumbar de los corceles élficos le alertó de que la marea resplandeciente de Caledor se cernía sobre ellos y decidió que, mientras él viviese, ninguno de sus enanos iba a morir por la estupidez de un orco. Dibujó runas en el aire, invocando a los poderes oscuros que viven en las entrañas de la tierra para que les envolviesen con el manto protector de una nube negra; unos minutos después, empujada por un viento fresco del mar, la humareda mágica se dispersó y descubrió una llanura vacía allí donde antes estaban Ernuzhk y sus soldados. Desde algún lugar lejos de allí, el Enano del Caos esperaba que Grimgor muriese en aquel enfrentamiento perdido al que él mismo se había lanzado, aunque intuía que no sería tan fácil deshacerse de aquel incómodo aliado.

Autor: Ximo Soler

Ronda 4.3. Cazadores de Úlfgar el Carnicero (Enanos) VS Mercenarios de Samuel Sime (Mercenarios)

Querida Arianna, lamento no haberte podido escribir antes. Las cosas no van bien, estoy demasiado cansado de esta maldita campaña y de mentir a mis soldados como para engañarte a ti también. Los dos últimos días los he pasado en la cama con fiebres, el médico dice que tengo suerte de seguir con vida, pero no te preocupes porque en estos momentos me encuentro restablecido. Debo confesarte que estoy desesperado, estos malditos perros son impermeables a la disciplina y el sentido común, huyen cuando deberían atacar y luchan cuando lo sensato sería retirarse... y nuestros patronos pierden la paciencia. La hueste con la que empezamos la campaña está absolutamente diezmada, hemos reunido a los supervivientes para defender el territorio en torno a nuestro campamento, a la espera del inminente ataque. 

Si hoy sigo en pie es gracias a Granizo, que me ha sacado con vida de las situaciones más comprometidas. Sin duda, es el soldado en quién más puedo confiar en este momento, ya que si mis hombres no se han amotinado es simplemente por la amenaza que suponen nuestros enemigos. En la última batalla intentamos rodear a un grupo de enanos sin ningún éxito, sus exploradores consiguieron neutralizar a mis arcabuceros y a la balista casi sin esfuerzo, dejándonos sin opciones de victoria. ¡Maldita sea, cada vez que esos malditos enanos y elfos nos disparan una ráfaga, el ejército de delincuentes que gobierno se bate en desbandada! Ojalá tuviesen el mismo valor en el campo de batalla que en las tabernas, donde todos se consideran asesinos y generales de renombre. Sin duda, montaría sobre Granizo y volvería contigo ahora mismo si no fuese porque debo cumplir el contrato firmado con nuestros pagadores, así que me quedaré y lucharé una vez más, pues no me restan hombres para muchos más enfrentamientos. Tan solo espero que la fortuna me siga sonriendo como hasta ahora y las alas de Granizo me mantengan alejado de la muerte. Junto con esta carta te envío todo el oro que he ganado hasta ahora, con él tendrás para subsistir una buena temporada si a mi me ocurriese algo, los mensajeros son personas de confianza a quién ya he recurrido otras veces para misiones especiales. Rezo todas las noches, como me pediste, aunque solo lo hago por ti y por el pequeño Matías, a la gente como a mi solo nos escuchan los dioses de la oscuridad y no quiero tener tratos con ellos. No más de los que he tenido ya en las últimas semanas... a veces me gustaría que los dioses del bien y la luz atendiesen con tanta asiduidad a los mortales como sus enemigos de la oscuridad. Pero ya está bien de divagar, el amanecer se acerca y tengo responsabilidades que atender. 

Nos veremos pronto, amor mío, te lo prometo. Dile a Matías que su padre le llevará un regalo cuando vuelva a casa. Siempre tuyo, desde algún lugar de los Reinos Fronterizos. 

Capitán Samuel Sime. 


Autor: Ximo Soler

lunes, 26 de febrero de 2018

Final de la Fase 2: Cónclave del Orden.


Un fuerte aguacero caía sobre la costa de la reconstruida ciudad élfica de Tor Tal-Harin, golpeando contra muros y rocas que tan solo habían conocido el silencio durante siglos. Sin embargo, aquella noche, las huestes de Enanos y Elfos se guarecían juntas –aunque no revueltas– bajo los mismos techos, al abrigo del viento y la lluvia. Las casas bullían de vida, la luz de las alegres chimeneas atravesaban las ventanas y, en el interior de las casas y las tabernas improvisadas, la luz, la música y las historias se filtraban dolorosamente hasta los guardias que patrullaban las calles y las murallas. Cada enano, cada elfo y cada elfa, sabía que la campaña marchaba bien; habían ganado tiempo para levantar las defensas de la ciudad y sus alrededores, así que entre vaso y vaso de cerveza enana y vino élfico muchas voces se preguntaban cuál sería el siguiente paso de sus generales. ¿Pero dónde estaban sus líderes en aquella noche tempestuosa? A muchos metros bajo los pies de los soldados, cinco figuras observaban con detenimiento los símbolos que brillaban sobre la puerta de la cámara. Al otro lado, les esperaba el artefacto de los Ancestrales y quién sabía qué más secretos. Entre las sombras, un nutrido grupo de adeptos de la Torre Blanca de Hoeth entonaban cánticos de poder cuya finalidad era alimentar los hechizos con los que Arathar intentaba romper los sellos de aquel umbral olvidado. 

–¿Y bien? ¿Por qué no bajamos unos cuántos cañones y comprobamos la resistencia de este metal? –propuso Úlfgar el Carnicero. Tras el enfrentamiento con el hechicero ogro, al cual había sobrevivido de milagro, su cara presentaba un color ceniciento, como si hubiesen estado a punto de arrancarle la fuerza vital del cuerpo. Por suerte, el Matador tenía más energía que la mayoría de enanos del Viejo Mundo. 

–Porque seguramente no le haríamos ni un rasguño... –contestó Grungthan, el Señor de las Runas de Barak Varr– Estas puertas superan todos nuestros conocimientos... Quienes las construyeron no diferenciaban entre tecnología y magia, empiezo a dudar si podremos abrirnos paso a través de ellas.

–Tened fe, compañeros –les animó el Príncipe Astrohz–, en mis largos años he visto hacer a los hechiceros de Hoeth cosas que consideraba imposibles. Encontrarán la manera. 

–En cualquier caso, debemos tomar una decisión –dijo Finulein– ¿defendemos la ciudad y la costa o buscamos a nuestros enemigos en el interior? 

–Por supuesto, debemos salir a buscarlos –sentenció el Príncipe Lindir de Caledor–. No pienso esperar tras tus muros, Finulein, a que mis caballeros mueran de aburrimiento. 

–Debemos ser prudentes, Lindir –contestó la elfa–. Un solo error puede arrebatarnos la ventaja que hemos conseguido. 

–Aún así el muchacho tiene razón –intervino Grungthan–, les hemos golpeado con más fuerza de la que esperaban. Tenemos la iniciativa, así que creo que no deberíamos darles ningún respiro. Que el desanimo y la discordia continúe haciéndoles mella. 

–Si –repuso Úlfgar–. No te acostumbres, principito, pero creo que tienes razón. 

–Sea así –dijo Astrohz–, dejaremos a la Guardia del Mar de Lothern la custodia de Tor Tal-Harin y sus aguas, mientras avanzamos con nuestras huestes tierra adentro. Buscaremos y derrotaremos a nuestros enemigos por separado, ya que nos superan en número.

–No te preocupes, enano –comentó Lindir diriéndose al viejo Matador–, encontraré al que te ha dejado en este estado y le daré su merecido. Tal vez tengas la oportunidad de aprender algo sobre el Arte de la Guerra cuando vuelva para narrarte mi victoria. 

–Tal vez, cuando acabe esto, tenga la oportunidad de partirte esa cara tan fina que tienes... 

El noble de Caledor se alejó del grupo, hacia la superficie, dejando tras de sí una torva carcajada. Frente a la puerta quedó el resto de guerreros, tan preocupados por la marcha de la campaña como por lo que escondería aquella gigantesca puerta. Aún quedaban muchos enigmas que resolver y más enemigos que derrotar, pero todos sabían que allí fuera las huestes oscuras no tenían unas murallas sólidas tras las que defenderse y que, seguramente, aquella noche sus ejércitos pasaban frío y dudaban de sus líderes. Con un poco de suerte y alguna victoria más, la afilada espada de la duda les heriría con más crudeza que los aceros de Tor Tal-Harin. Y entonces, no antes, la guerra estaría decidida. 


Autor: Ximo Soler

Ronda 2.5. Cazadores de Úlfgar el Carnicero (Enanos) VS Los Brutos de Gorgo (Ogros)

Waldruf Grundadraff, hijo de Byrrnoth Grundadraff, clavó su estandarte en la tierra revuelta y contuvo el aliento. La brisa del mar acarició sus cabellos cuando dejó caer el yelmo al suelo, una sensación que ningún enano jamás pensó que le produciría tanta alegría. A su alrededor, el olor a miedo –que no era otra cosa que el contenido de los intestinos de los moribundos al aflojarse– y los gritos de agonía de los heridos impregnaban el ambiente con un sabor amargo. Pese a su juventud, Waldruf podía considerarse un veterano, pero aquella batalla había sido la más dura en la que había participado nunca. Caminó entre los cadáveres, recorriendo el curso de la batalla, mientras sus soldados atendían a los heridos. 

Ambos ejércitos llevaban buscándose varios días entre el laberinto de montañas al Oeste de Varak Barr, hasta que aquella madrugada se habían precipitado los acontecimientos. Las huestes se encontraron de forma desordenada con las primeras luces del alba, no había sido la mejor forma de entrar en combate pero un enano nunca se quejaba de esas cosas. Los Ogros habían avanzado de frente, buscando el combate de forma casi suicida, mientras Úlfgar y Waldruff intentaban maniobrar sus unidades para encarar el combate de la forma más eficiente posible. Un grupo de ogros se precipitó sobre ellos antes de que estuviesen preparados para el combate, pero unos valerosos montaraces coronaron la colina que dominaba el campo de batalla y realizaron una descarga cerrada de plomo sobre ellos, aniquilándolos a todos menos a su oficial. Lo que vino después fue una de las cosas más heroicas que había podido ver en un enemigo: el capitán tripa-dura, sangrando y tambaleándose, con todos sus guerreros muertos en el camino, había avanzado hasta Úlfgar y le había retado a combate singular. Waldruff no pudo sentir más que respeto ante aquel enemigo, que tras perder a los suyos había decidido morir ante el enemigo más fuerte al que pudo encontrar. Casi sintió pena al contemplar el hacha del viejo Matador clavándose en su pecho. 

Pero la batalla no había dado un solo respiro, y él mismo había tenido que hacer frente tan solo unos instantes después a la carga del frente enemigo. Sin embargo, sus rompe-hierros habían mantenido la línea con una determinación acorde a su fama. Las bajas habían sido numerosas en ambos bandos, pero el combate se decantó del lado enano. Por su parte, se había encargado de eliminar al capitán de la unidad enemiga, que aceptó el desafío que le había lanzado al líder de la hueste ogra, protegiéndolo. Seguía sorprendiéndose del honor que habían demostrado los ogros en aquella jornada, incluso los gnoblars habían exhibido una valentía inesperada contra las hachas de los matadores. En mitad de la refriega, Úlfgar había estado a punto de caer de nuevo a manos de un hechizo enemigo, aunque su asombrosa resistencia le salvó una vez más de una muerte segura. A partir de ese momento, el combate se ha ido inclinando cada vez más a favor de los enanos, aunque aquella noche todos tendrían que enterrar a muchos muertos. Sin embargo, en cuanto hubiesen retirado a los suyos, dejarían el campo de batalla libre para que el enemigo pudiese recoger a los suyos. Aquel honor imponía una tregua entre los bandos, pero mañana la guerra continuaría. 

Autor: Ximo Soler.
Despliegue enano

Despliegue ogro



Los gnoblars planeando a cuantos enanos van a matar hoy 


Los montaraces enanos disparan... 
Y cuando el humo se dispersa, un solitario y malherido ogro se encuentra desorientado y se lanza a por los enanos que tiene delante



Úlfgar, a pesar del tamaño de la bestia que se le echa encima, no tarda ni dos segundos en despachar esa montaña de músculos.






El épico doble 1 de los Gnoblars, que lo dan todo contra los enanos




Dos matadores enanos que encuentran la muerte a manos de los (sucios y asquerosos) Gnoblars

domingo, 11 de febrero de 2018

Ronda 2.3. Corsarios de Finulein Sin Tierra (Altos elfos) VS Loz Muchachoz de Grimgor (Orcos)

Grimgor escupió al suelo y miró a su alrededor por primera vez desde que había empezado el combate. Entre las máquinas de guerra élficas, que tanto daño les habían hecho a sus Inmortalez, tan solo quedaba un puñado de Orcoz Negroz; todos ellos con alguna herida de mayor o menor gravedad. La colina le permitía observar el campo de batalla, en el cual esperaba ver a sus Muchachoz divirténdose y matando Orejaz Puntiagudaz sin esfuerzo. Pero no era así, para su sorpresa la llanura en torno a las ruinas que habían intentado asaltar estaba repleta de elfos en formación, que avanzaban de forma ordenada hacia ellos. No entendía lo que ocurría, ni si quiera se veía a Bob dando garrotazos, como era habitual... tan solo estandartes blancos y azules En un esfuerzo por darle sentido a lo que ocurría, intentó reconstruir lo ocurrido en los últimos minutos. Había visto a los Altos Elfos de espadas grandes lanzarse contra sus Orcoz Zalvajez y, acto seguido, él avanzó contra los lanceros que le esperaban a pocos metros. A partir de ahí todo se había vuelto rojo furia, podía recordar la sangre y los gritos de todos los enemigos que se habían interpuesto entre él y aquella colina... ¡Ah, sí! Rememoró la frustración que había sentido al desafiar a combate singular a la líder de los Asur y contemplar como, ante sus ojos, era llevada por los lanceros que la escoltaban hasta las filas posteriores de la formación. Si hacía memoria, le había parecido observar que el yelmo de aquella elfita estaba abollado y que se tambaleaba de forma estúpida... sin duda el chamán orko había hecho de las suyas. Luego vino la retirada de la unidad de Altos Elfos y la carrera hacia la colina, bajo el fuego de los Lanzavirotes de Repetición. ¡Era imposible que ahora el campo de batalla perteneciese al enemigo! ¡Sus líderes habían sido derrotados! ¡¿Cómo podían seguir luchando con más determinación que la horda de Pielez Verdez?! Sin duda sus muchachoz no habían dado la talla en aquella jornada. Miró hacia la fortaleza en ruinas donde se escondía el campamento élfico, y maldijo para sí. Era un combatiente lo suficientemente veterano como para saber que la batalla estaba perdida... volvería a las montañas y hablaría muy detenidamente con la Horda, iba a asegurarse de que aquello no volviese a ocurrir.

Autor: Ximo Soler



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