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miércoles, 23 de septiembre de 2026

Las Sombras se alzan

 



A pesar de la luz de la luna, el bosque estaba envuelto en sombras. El Campeón Aspirante Ar'zul aferraba las riendas de su montura demoníaca con fuerza. Podía sentir su fiereza y sus ansias de sangre. Hacía relativamente poco tiempo que había obtenido sido ungido por los poderes ruinosos, la armadura negra en la que había sido enclaustrado se estaba empezando a fundir con su carne y la marca de los Dioses Oscuros brillaba de forma tenue en su frente pero el guerrero se alzaba orgulloso ignorando el dolor abrasador.  Desde su nacimiento solo había deseado probar ser el mejor guerrero de su tribu a los ojos de los Dioses y ser un Campeón del Caos que gobernase sobre hombres y demonios. Con el tiempo se unió a una banda de Guerreros del Caos y destacó entre ellos hasta ser el líder y un digno merecedor de una montura tan magnífica como aquella. Ahora, después de varias décadas de guerra en los desiertos, una infinidad de victoriosas masacres se extendía ante él.

La luna gibosa en el cielo le observaba. El guerrero no era ajeno a este tipo de sensaciones pues los Desiertos del Caos son extraños y cambiantes pero esta vez no era la intoxicante sensación corruptora del Caos, esta sensación era diferente. Sentía que alguien se estaba burlando de él, que había algo viendo sus movimientos y calculando la forma de humillarlo. El guerrero estaba sintiendo como la ira empezaba a cercer en él, no era un sentimiento ajeno, solía dejar que esta fuera lo que le guiara en la batalla hasta que dejaba de ver enemigos y sus ojos solo registraban un tono rojo sangre cubriéndolo todo. Se sintió en confianza al sentir que la batalla sería otro glorioso derramamiento de sangre.

 


 
 Ar'zul sabía que el enemigo estaba delante, tras la colina. Sus guerreros avanzarían y los matarían a todos, así es como solía ocurrir siempre. Sus jinetes iban a rodear la colina por un lado y él avanzaría por el otro. Apenas tuvo que dar órdenes, todos sabían lo que tenían que hacer. 

Mientras avanzaba vio al enemigo. Goblins. Había pocos en los desiertos y solían ser criaturas cobardes y tristes que se escondían en agujeros. Era indigno hasta matarlas con la espada, lo normal era pisotearlos hasta la muerte. Pero estos eran diferentes. Parecían haber llegado hace poco a los desieros del Norte y estaban armando escándalo, un par de poblados habían sido saqueados o destruidos y a falta de un enemigo digno, siempre se podía derramar un poco de sangre pielverde. Ar'zul estaba absorto en sus pensamientos, recordando lo poco que sabía de este enemigo a través de las enseñanzas de los chamanes de la tribu. Su Montura demoníaca se encabritó violentamente y el guerrero le dio rienda suelta, "acabemos con esto pronto" Pensó.

Una flecha perdida golpeó su casco interrumpiendo su línea de pensamiento. Su visión estaba fija en el bloque de goblins que estaban disparando una lluvia de inútiles flechas a sus guerreros cuando como surgidos de la tierra aparecieron una horda de arañas del tamaño de un mastín con goblins encima. Estos intentaron pincharlo con lanzas rudimentarias pero resbalaron contra la armadura. El Campeón dejó que la rabia le inundara y de un par de tajos acabó con la mitad y su montura pisoteó al resto. Bañado en sangre verde, Ar'zul observó el campo de batalla. Varios guerreros del Caos yacían muertos en el campo de batalla, sus almas se las comerían los demonios por haber sido vencidos por enemigos indignos. Menos rivales en mi Sendero a la Gloria, pensó el Campeón

 


 
Sus Caballeros habían sido arrollados por un carro tirado por unos lobos monstruosos. El Capitan de los caballeros, el único superviviente del atropello estaba acabando de matar tanto a las bestias como a la tripulación. Los guerreros habían llegado a los goblins y estaban matándo a diestro y siniestro, piernas y brazos goblin volaban en todas direcciones. Sobre la colina vio al otro Campeón Aspirante, Tarkon, portador de su enseña personal y capitán de los guerreros, luchando contra un goblin de armadura pesada y capa con un yelmo con forma de corona. Mientras el guerrero del Caos luchaba con fuerza y fiereza, el goblin se reía burlonamente esquivando y desviando los golpes. El guerrero, molesto por el baile del escurridizo goblin intentó un ataque devastador que habría partido en dos al goblin, si hubiera estado allí para recibirlo. En su lugar, una risa malvada resonó por el yermo y el guerrero se alzó para quitarse de la espalda una daga que había acabado incrustada en la juntura entre dos de las placas. De la daga goteó un líquido verduzco mezclado con la sangre del Campeón del Caos, el veneno estaba ya en su torrente sanguíneo y del traicionero goblin no había ni rastro en el campo de batalla.

 

 
La luz de la luna pareció aumentar y la sensación de estar siendo observado se incrementó en Ar'zul. Alzó la vista a los cielos y una luna terrible y malsana les iluminaba. Mientras observaba desafiante el astro siniestro empezó a advertir un extraño patrón en sus cráteres, valles y montalas. Un terrible rostro parecía sacar la lengua en una sonrisa imposible. Acto seguido, Ar'zul fue derribado de su montura por un monumental trompazo de fanatiko que había salido disparado de entre la peña de goblins.






 

*Partida jugada en el I Torneo de Battle March de Monte Ronin jugada el pasado 13 de septiembre. En esta partida, contra Guerreros del Caos perdí por puntos. Una batalla contra un jugador novel a 600 puntos, sin objetivos ni reglas especiales pero muy divertida e interesante.

 


martes, 8 de mayo de 2018

5.4. Ejército de Grungtham el sabio (Enanos) VS Los Brutos de Grogo (Ogros)

Jutonhëim siempre había amado las explosiones y las tormentas, tal vez le gustaba el estampido de los cañones porque le recordaba al estruendo de los truenos en las montañas, pero condensando todo ese poder desmesurado en un único y potente instante. Su viejo siempre le había dicho que, con la munición de artillería suficiente, se podía matar hasta a los mismos dioses... Pero creció y maduró lo suficiente como para saber que las cosas no eran tan fáciles, no se podía derrotar a los poderes de la destrucción a cañonazos. Sin embargo, era muy probable que el cascarrabias de su padre, con sus historias, hubiese sido el culpable de que él acabase trabajando como ingeniero de los trenes de artillería de Barak-Varr. Y ahora se encontraba allí, en aquel glorioso día en que los cañones enanos desataban la destrucción sobre los enemigos de su hogar; tal vez no fuesen dioses, pero aquella marea de ogros –grandes como torres– había convertido su carga masiva en una huida hacia delante gracias al incesante martilleo de sus proyectiles del calibre cincuenta y dos. El cañón órgano que tenía a su lado volvió a rugir, con las bocas de acero humeantes y al rojo vivo, mientras hacía aún más densa la humareda blanca que cubría las filas enanas. Jutonhëim aspiró hondo y sonrió, seguro de que a su viejo le habría encantado estar allí.

–¡Me encanta el olor de la pólvora por la mañana! –exclamó mirando a las filas enemigas– Huele... ¡Huele a victoria!

Sus artilleros rieron mientras preparaban la siguiente carga de munición con la que alimentar al cañón mientras, bajo su posición, lo que quedaba de la marea de ogros conseguía chocar contra el duro muro de escudos enanos. El enemigo luchaba con un salvajismo difícilmente igualable, pero no era nada para lo que los enanos no estuviesen preparados. Mientras la sangre y los miembros saltaban de un lado a otro, Jutonhëim vio como una gargantúa salía de su madriguera subterránea y empezaba a despedazar a la dotación del cañón que había junto a ellos. Ordenó girar al órgano hacia la bestia y levantó el brazo, preparado para dar la señal de disparo; tal vez su viejo no tuviese razón, no se podía matar a cañonazos a un dios... pero con la suficiente munición podía reducir a astillas cualquier otra cosa, por muy grande que fuera. 


Autor: Ximo Soler



















jueves, 3 de mayo de 2018

5.3. Finulein Sin Tierra (Altos Elfos) VS Ernuzhk Espadahumeante (Enanos del caos)

Finulein observó las filas y filas de guerreros que luchaban a su lado, las lanzas élficas refulgían con una luz brillante y plateada a pesar del oscuro y lluvioso atardecer. La calma pesaba sobre los silenciosos guerreros elfos mientras esperaban la aparición del enemigo y la tensión era tan palpable que podía masticarse. Solo se escuchaba el repiquetear de la lluvia en los escudos y el rostro gris e imperturbable los elfos se escondían en sombras bajo los yelmos como si estuvieran haciendo frente a la propia lluvia. Finulein se adelantó y escuchó el reporte de unos exploradores que venían con noticias.

-Los enanos sirvientes de los Dioses oscuros se acercan, mi señora. Vienen hacia aquí a través del bosque, avanzan en silencio, marchando en formación y listos para la batalla. Parece que saben que los estamos esperando.- Dijeron los exploradores.

Antes de que Finulein pudiera contestar un estruendoso resplandor rojizo iluminó la tarde. Una llamarada surgió muy por encima de los árboles comenzando un incendio en el espeso bosque frente al que se encontraba desplegado el ejército. La brillante llamarada se reflejó en los ojos de Finulein y vio con terror como formas humanas retorciéndose de dolor en el caótico resplandor. Cuando la llama se extinguió, Finulein dirigió su mirada a la espesura del bosque; entre los árboles vio rugientes llamaradas que lo consumían todo a su paso, y entre las llamaradas vio las metálicas figuras de los enanos del caos, marchando en dirección a la linde del bosque, en silencio, como un solo enano.

Finulein dudó por unos segundos. Nunca antes se había enfrentado al caos en esta forma tan pura. Elfos oscuros, ogros, orcos… Todos aquellos seres eran mortales, seres que vivían y morían como el resto de criaturas de este mundo. Ahora, en esta tierra lejos del hogar, veía cara a cara por primera vez aquello contra lo que su pueblo había luchado durante milenios. La visión del caos es algo terrible hasta para los más fuertes. Un segundo de vacilación, "el último segundo de vacilación de mi vida", pensó Finulein. Desenvainó su espada, que brilló con un tono verdeazulado de satisfacción al entrar en contacto con el agua de la lluvia y ladró con su potente voz de mando a sus tropas que mantuvieran la posición. 

Los enanos salieron del bosque, avanzando de la forma en la que sólo un enano sabe hacer, imparable e impasible, como el movimiento de las montañas, ignorando las flechas que se clavaban en las negras armaduras como si se tratasen de ramitas sin punta. Finulein escuchó un cuerno cruel en flanco izquierdo y vio como unos enormes lobos se abalanzaban sobre sus tropas. No le dio tiempo a lanzar órdenes pero sonrió con orgullo al ver que sus tropas hacían huir en desbandada a esos sucios trasgos sin ayuda. Una llamarada repentina le llamó la atención mientras contemplaba el campo de batalla, tres figuras gigantescas hechas de fuego y hierro habían surgido del incendio del bosque y se dirigían hacia la línea de arqueros élficos. El fuego consumió a los sombríos que intentaron detenerlos y era tan intenso que todo el bosque humeaba con el vapor de la lluvia. Los demonios  ígneos avanzaron, quemándolo todo a su paso hasta llegar a los arqueros, los cuales no dejaron ni un solo momento de disparar flechas.

Con el ojo experto de quien ha comandado a sus tropas en muchas batallas, Finuelin vio las negras tropas de los enanos del caos y a sus jinetes de los Yelmos plateados. Estos estaban trabajando duro, como habían planeado y vio que era el momento. Alzó su espada y sus elfos lo siguieron a la batalla. Frente a la línea enana, una pequeña línea, oculta hasta entonces de asquerosos hobgoblins apareció, disparando sus retorcidos arcos. Finulein y sus guerreros los mataron a todos pero el retraso había sido efectivo. Los Yelmos tuvieron que luchar solos y Ernuhzk había dirigido su humeante espada hacia ellos con cruel satisfacción.

La firme línea elfíca había sido dividida. Los enanos habían conseguido distraer a los elfos con sus demonios infernales y los hobgoblins habían impedido que los elfos cargaran a los enanos. Finulein corría de aquí para allá lanzando órdenes a sus guerreros para recomponer la desperdigada línea cuando la atmósfera se hizo pesada a su alrededor. Cada gota de agua era como una tonelada sobre Finulein. Mover un brazo le era dolorosísimo y sentía todas las articulaciones entumecidas. Un aroma a azufre le invadió y la piel adoptó un tono cobrizo y pétreo Finulein ahogó un grito que no pudo salir de una garganta pétrea.

Una voz burlona susurró en su aterrado oído:
-Esto es lo que te mereces, chiquilla. Por jugar con quien no debías.



Autor: Rafa Doñate


martes, 1 de mayo de 2018

5.1. Píncipe Lindir y Cazadores de Úlfgar El Carnicero VS Mercenarios de Samuel Sime y Incursores de Isgaard Mantonocturno.

El sonido del hueso al partirse arrancó una sonrisa cansina a Úlfgar El Carnicero, mientras el pecho de aquel humano se hacía astillas. El Matador estaba empezando a cansarse de aquella campaña, al principio había creído que esa alianza de enemigos supondría un peligro real... lo cierto es que al principio lo había parecido así, pero ahora no se diferenciaba en nada de sacudir elfitos.

–Si, Craneo, ya sé que en parte esta guerra ha consistido en sacudir elfitos, pero me entiendes –dijo mientras bloqueaba una alabarda y partía el arma por el hasta–. Lo que me refiero es que me hago mayor y necesito algo más, creía que aquí podría encontrar una muerte gloriosa, pero me parece que no va a ser así.

A sus pies cayeron dos confundidos humanos más, mutilados en las formas creativas que su humor dictaba aquella mañana. Un mercenario cargaba contra él, espada en ristre, pero Úlfgar desenfundó un cuchillo de caza que llevaba al cinto y lo lanzó contra el atacante, que se desplomó fulminado con un palmo de acero allí donde solo tendría que haber materia gris.

–No lo sé, Cráneo, creo que estoy perdiendo la pasión por mi trabajo. No, no, en serio, lo he meditado, siempre es lo mismo. Llego a un sitio, mato gente o decapito un monstruo y me voy. ¿Y para qué? Nunca encuentro un rival a mi altura.

Dio un puñetazo en la entrepierna a un humano, que cayó de rodillas y sacó una pistola en un desesperado intento por salvar su vida; Úlfgar le arrebató el arma con desgana, le metió el cañón en la boca al pobre infeliz y apretó el gatillo. La nube de sangre, hueso y sesos palpitantes impactó en la cara de otro mercenario, que quedó ciego durante un instante y fue decapitado por uno de los cazadores enanos.

–A veces pienso que no hay nada en el mundo que vaya a sorprenderme... mucho menos que pueda darme la muerta que busco.

Entonces, mientras la infantería enemiga se barría en retirada, Úlfgar miró a lo lejos y vio al Príncipe Lindir y sus caballeros dragoneros, rodeados de enemigos y vendiendo caras sus vidas. Poco a poco, los guerreros de Caledor iban cayendo uno a uno abrumados por su inferioridad numérica, pero todos ellos dispuestos a vender cara su vida con honor. El Matador se quedó un instante contemplando la escena, pensativo.

–Cállate, Cráneo. No. ¿Y tú qué sabes? ¿Ironía? La ironía es para los bardos, yo soy un guerrero. Mira, ¿sabes qué te digo? Qué estás colgado del estandarte de Waldruf, se supone que estás demasiado lejos para que te escuche. ¡Así que silencio!

Úlfgar empuñó su hacha de combate y se encaminó de nuevo a la refriega, jamás pensó que diría aquello, pero tenía que salvar a un elfo que merecía vivir.


Autor: Ximo Soler.






domingo, 15 de abril de 2018

4.1 Corsarios de Finulein (Altos elfos) VS Incursores de Isgaard Mantonocturno (Elfos Oscuros)

Arathar cruzó la explanada que había frente a la granja, usando su aura mágica para evitar mojarse con la lluvia que empezaba a caer. A su alrededor, los Asur se apresuraban a levantar un campamento defensivo y a tratar a los heridos; desde el momento en que Finulein había sido derribada el mando de la hueste élfica había recaído en él, algo que le incomodaba. La almirante era una gran estratega tanto en el campo de batalla como en la gestión del ejército sobre el territorio, pero él siempre se había sentido más cómodo entre libros... no tenía madera de militar y mucho menos de líder. Comprobó que los guerreros de Hoeth heridos se encontraban todo lo bien que permitía su situación y, sin perder más el tiempo, abrió la puerta de la granja. En seguida, el olor de la sangre y los gemidos de agonía lo transportaron a la realidad de un hospital de campaña, un mundo que él mismo había conocido en los últimos enfrentamientos y algo que no le deseaba a nadie. Una oleada de rabia le inundó al pensar en los buenos elfos y elfas que había perdido la vida en aquella jornada, gotas irrecuperables en el mar de un pueblo que se secaba; la muerte de cada hijo e hija de Ulthuan era un drama irreparable que Arathar desearía tener el poder de evitar. Por eso tenía tantas esperanzas puestas en los secretos que se ocultaban tras las grandes puertas de la Cámara, deseaba obtener el conocimiento y el poder suficientes para salvar a su pueblo de morir marchitado como una flor en invierno. 

Sobre la mesa más grande de la granja, un médico-hechicero cauterizaba la herida de Finulein que, con el torso completamente descubierto, era sostenida por dos fornidos Yelmos Plateados; aunque, por sus rostros, era evidente que ambos hubiesen preferido estar al frente de una carga suicida. La Almirante se se revolvió durante un momento y, al terminar la cura de emergencia, relajó todos los músculos de su cuerpo, exhausta. Arathar despachó a los presentes y la tapó con su propia capa, a la espera de que recuperase fuerzas. 

–Informe... –puede que el cuerpo de la bastarda de Finubar estuviese débil, pero su mente y su mirada seguían siendo de acero– Dime cuántas bajas. 

–Demasiadas, como siempre. Pero muchas menos de las que temíamos. Un buen número de milicianos y Yelmos Plateados; los Maestros de la Espada que te cubrieron cuando fuiste herida han sido diezmados, pero aquellas guerreras no se detenían a rematar a los heridos, por lo que muchos de ellos volverán a ponerse en pie. Como te he dicho, demasiadas bajas, pero el grueso del ejército ha salido indemne. 

–Gracias a ti... Hoy mucha gente te debemos la vida.

–Los vientos de la magia son caprichosos en estas tierras... creo que el artefacto interfiere en ellos de alguna manera. Hoy hemos tenido suerte. 

–No te menosprecies, amigo, las cosas habrían sido muy distintas si no hubieses acompañado a la flota. ¿Qué sabemos del príncipe oscuro? 

–Nada, tras la huida general de los druchii, los exploradores y los jinetes que aún podían combatir se han lanzado en su persecución, pero todavía no tenemos noticias suyas. Me temo que el enemigo intentará volver a las montañas. 

–Bien hecho, nosotros debemos reunirnos con nuestros aliados para el asalto final. El desgaste empieza a hacer mella en todos, así que es hora de zanjar esto. Me temo que tendrás que asumir el mando durante unos días, hasta que los médicos me dejen hacer algo útil. 

–No te preocupes, me las arreglaré. Comparado con intentar desentrañar los misterios de una puerta arcana protegida por hechizos milenarios, no creo que sea tan difícil dar órdenes a un grupo de soldados. 

Cuando el hechicero salió, le quedó la satisfacción de ver la débil sonrisa que su torpe broma había dejado en el rostro de Finulein. Sin embargo estaba preocupado por ella. Demasiadas heridas, demasiada responsabilidad y, solo había que mirar a su alrededor, demasiada muerte. Únicamente los dioses sabían el peso que caía sobre los hombros de la Almirante, pero por unos días él tomaría el relevo. La necesitaban fuerte, porque la puerta ancestral cada vez estaba más cerca de ser abierta y no dudaba de que sus enemigos tenían intención de morir matando.


Autor: Ximo Soler

4.2. Astrohz el implacable (Altos elfos) VS Los Brutos de Gorgo (Ogros)

Las razas del Viejo Mundo sabían mucho de la guerra, pero de una forma salvaje, brutal y directa; no conocían las artes de la táctica en el modo en que Astrohz la había aprendido luchando en las tierras de Nagaryte, contra los Druchii. Durante varios días, su hueste había seguido al grupo de Ogros por las montañas, esperando el momento propicio de atacar. El buen general debe intentar vencer el combate antes de que se produzca la primera baja, pensó, y eso era lo que él había conseguido en aquel momento. La oscuridad del firmamento les ocultaba y la lluvia impedía que fuesen escuchados, si había algún momento idóneo para el ataque era ese. 

Cayeron sobre el enemigo desde las montañas, en un suspiro la caballería y la falange de lanceros había puesto en fuga al grueso de tropas ogras; convirtiendo la batalla en un auténtico caos donde los Altos Elfos mataban a placer. Sin embargo, mientras el príncipe alzaba su espada para gritar por la victoria, escuchó un sonido en la retaguardia de sus guerreros del cual ya le habían hablado. Giró sobre sus talones y cruzó entre las líneas de armaduras brillantes, dispuesto defender las vidas de los suyos una vez más. Frente a él, una Gargantúa enfurecida había hecho un círculo de muerte y sangre a su alrededor, pero no era nada el que veterano general élfico no pudiese enfrentar. La bestia le encaró e intentó agarrarlo, pero antes de que se diese cuenta el diminuto guerrero ya no se encontraba allí, sino que le hería con su espada clavándola una y otra vez allí donde ella parecía no poder alcanzarlo. La danza de Astrohz se prolongó durante unos segundos, cortando y apuñalando, arrancando sangre y aullidos de su enemigo. La lluvia caía y la escena era observada por un muro de escudos élficos, al resplandor intermitente de la tormenta. De repente, un sonido metálico y un grito sordo y el príncipe voló por los aires con la armadura abollada. De entre las filas Asur escapó un suspiro de miedo y desanimo; sin embargo, Astrohz se levantó con rapidez para recibir un segundo zarpazo, que rasgó su cota de láminas y lo volvió a lanzar a unos metros de distancia. Esta vez, el viejo guerrero tuvo tiempo de incorporarse, dolorido y ensangrentado, dispuesto a acabar con el depredador de las montañas. Cargó. Sus pies chapotearon en el barro con ligereza, porpulsándolo en un larguísimo salto que le puso a espaldas de la Gargantúa mientras su espada mágica describía un amplio arco mortal. Cuando rodó por el suelo la bestia yacía en el suelo decapitada, con los espasmos de su última sorpresa. Se volvió a incorporar y, sin hablar ni mostrar dolor, lideró de nuevo a sus lanceros. Aún había una batalla que ganar. 


Autor: Ximo

lunes, 26 de marzo de 2018

Ronda 3.4 Úlfgar el carnicero (Enanos) y el Príncipe Lindir de Caledor (Altos elfos) VS Los Machotez de Grimgor (Orcos) y Los Brutos de Gorgo (Ogros)

Rarn-Hor sonreía, pletórico de emoción guerrera, mientras contemplaba caer al gigante en toda su estatura; el enorme monstruo traído hasta allí por los orcos deshacía las filas de estoicos enanos, hasta que el contingente de Príncipes Dragón consiguió abatirlo. Los gritos de batalla de Caledor se unieron al caos de aquella emboscada que, contra todo pronóstico, elfos y enanos estaban consiguiendo girar en su favor; allí donde pusiese la mirada, la infantería enana se mantenían férreas y la caballería élfica aplastaba enemigos. El capitán habló brevemente con su comandante y ordenó a Rarn-Hor que organizase las filas para continuar el combate, algo que en una unidad de disciplinados príncipes de Ulthuan no era tarea difícil. Agarró su cuerno de guerra, ricamente labrado en plata y oro, y lanzó al cielo una poderosa nota con toda la fuerza de sus pulmones. Tras él y a su lado, los jinetes se reorganizaron y siguieron a su líder en busca de nuevos enemigos. Sin embargo, Lindir alzó la mano a los pocos segundos y provocó que la columna frenase en seco. Frente a ellos, semi-enterrado en cadáveres de piel verde, un matador con enorme cresta anaranjada parecía agarrarse a la vida con sus últimas fuerzas. En pocos minutos, dos elfos lo habían sacado de donde estaba e intentaban volverlo en sí con un poco de agua; la batalla seguía desarrollándose, pero parecía que allí se había detenido el tiempo. 

–Úlfgar –dijo Lindir con cierta sorna–, jamás pensé que te echarías a descansar en mitad de una batalla. No es propio de ti. 

El musculoso enano se zafó de los dos caballeros y escupió un esputo de sangre, tenía la cara destrozada por un golpe y muchos dientes rotos, pero nada de eso le había arrancado la ira de los ojos. Farfulló algo, pero nadie lo consiguió entender. 

–Lo siento, pero no te he escuchado bien... –dijo Lindir– supongo que has querido decir que seguirías luchando pero que tus heridas te lo impiden, y que te sientes muy agradecido porque te acabo de salvar la vida. 

Úlfgar farfulló algo que, sin duda, no se parecía en nada a un agradecimiento. Intentó alzarse pero su cuerpo le devolvió a la cruda realidad, desplomándose en el suelo. Aquella campaña estaba cambiado la percepción del príncipe respecto a aquellos guerreros barbudos, había hecho mal en menospreciarlos; además, él había sido educado para respetar aquel tipo de valentía en el campo de batalla. 

–Que diez guerreros lo pongan a salvo, si le ocurre algo responderán directamente ante mí. Ahora vamos a ayudar a nuestros aliados, hay que reconocerles la habilidad guerrera y la tozudez de la que hablaba mi abuelo. Yo crecí escuchando aquellas historia de la Guerra de la Barba, no deja de ser gracioso que hoy estemos luchando codo a codo con ellos. 

Y sin añadir más, picó espuelas y cabalgó a la batalla seguido de su escolta de Príncipes Dragón, preparado a llevar la ira de Ulthuan contra aquellos que habían osado atacarles. Rar-Horn volvió a hacer sonar su cuerno en entonación de marcha pensando en las palabras del comandante, aquella guerra iba a marcar un antes y un después; tal vez demostraría que ninguna fuerza podía oponerse a las hachas enanas y las lanzas élficas si combatían unidas. ¿Quién sabía qué podría salir de allí? Con este pensamiento se dejó conducir por su corcel hacia el combate. ¡Caledor marchaba a la batalla!

Autor: Ximo Soler

Despliegue de los ejércitos

Los enanos están rodeados

Los orcos lanzaron todos los insultos que pudieron a los estoicos enanos



Los ogros intentaron rodear a la caballería élfica, que en seguida rompió la línea ogra


Las botellas rotas, las piedras y las espadas oxidadas que lanzaron los Gnoblars a Úlfgar no hicieron más que irritar al matador.

Bob el Hermoso hizo una inspirada demostración de bailes regionales típicos de Estalia sobre los Rompehierros enanos con la que se ganó la ovación del público. 

Úlfgar vio todos esos orcos juntos y no pudo contenerse de ir a ver de qué color tenían la sangre




La gloriosa y valerosa carga del Príncipe Lindir a la carroña Gnoblar.


Épico enfrentamiento entre dos enormes bestias



La carga de los elfos destroza la línea ogra y acaba con el baile del gigante, los Comehombres se preparan para ser acribillados y los ocoz zalvajez huyen despavoridos del lugar. Sólo Grimgor permanece, rodeado de enemigos. 


viernes, 16 de marzo de 2018

Ronda 3.3 Grungtham el sabio (Enanos) VS Incursores de Isgaard Mantonocturno

-¡Traed un escriba! Y un médico! ¡Deprisa! -Rugió el enano.

Dos enanos jóvenes entraron corriendo en el pequeño puesto de observación enano, en busca de ayuda.

-Dime hermano ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está nuestro señor Grungtham el sabio?

-Nos emboscaron, señor. Al anochecer, a pocos kilómetros de aquí, llevo toda la noche andando. ¡Arrgh!- gimió de dolor el enano.

-Ven, túmbate aquí, no hagas esfuerzos, bien, cuéntame ¿Qué ha pasado?

-Habíamos acampado en un claro en el valle de Glarvarr, marchábamos en dirección a este puesto de observación y habíamos decidido descansar para llegar aquí a la mañana de hoy. Mi señor Grungtham había ordenado montar las defensas porque sabíamos que había enemigos cerca. Habíamos abierto el segundo barril de Bugman cuando ¡Arrrgh!- El enano se encogió, con la cara descompuesta de dolor, sudando como si estuviera haciendo un gran esfuerzo.- Perdón señor, no... sé que me pasa.

-Sigue hermano, no pasa nada, cuéntame más.

-Si... Habíamos abierto el segundo barril de Bugman cuando escuchamos los primeros gritos. La potente voz de Grungtham nos hizo formar en seguida formando un círculo al rededor del campamento. Puedo decir orgulloso que nunca habíamos desplegado tan rápido como anoche. Vi varios enanos muertos por flechas negras pero no vi ningún enemigo hasta que aparecieron... elfos. De negras armaduras y espadas retorcidas. No son como nuestros aliados, desde luego, nunca había visto nada como eso.

-¿Elfos oscuros?

-Supongo que sí. Se acercaron corriendo con las espadas en lo alto y las lanzas apuntando hacia nosotros. Por detrás también oí gritos, supongo que estábamos rodeados. Los guerreros del clan mantuvimos la compostura, como se esperaba de nosotros pero... pero... ¡Fue una carnicería!- Del rostro del enano caían grandes lágrimas que se perdían en la espesa barba- Los elfos del demonio atravesaron a mis hermanos como si fueran mantequilla. De entre ellos saltó una elfa... Llevaba dos espadas y era como un torbellino. Mató a nuestro capitán casi con solo mirarlo, lanzó por los aires a nuestro Señor Melchor el Implacable. Yo estaba situado en un extremo de mi regimiento, desde la distancia, pude ver a Grughtam el sabio luchando contra un elfo con una extraña capa estrellada. Los señores Barbaslargas vitorearon el nombre de Grungtham cuando de un poderoso martillazo derribó al elfo al suelo. No vi más, pues en ese momento, una bota se estrelló contra mi cara.

Cuando abrí los ojos tenía a la asesina sobre mí. La runa que brillaba en su frente me dolía en los ojos, de un color rojo sangre... Recuerdo que pensé que parecía fluir, como si estuviera escrita con sangre viva, como la que corre por nuestras venas... Me dijo, me dijo que no me iba a matar... Que quería que viviera y que contara esta historia, me dijo que sabía que había un puesto aquí. Conocen este lugar. Que iban a venir, pero que no iban a decirme cuando. Yo estaba paralizado de terror, entumecido entre el barro. Sacó un cuchillo y me hizo este pequeño cortecito.- Señaló su mano, el corte era pequeño, ni siquiera sangraba, pero la herida estaba empezando a oscurecerse.- Eché a correr hasta llegar aquí. Conozco esta torre, serví muchos años en mi juventud. No hay defensas suficientes mi señor, hay que enviar un mensaje, no sé que ha sido de nuestro señor Grungtham, cuando desperté hacía horas que había acabado la batalla, solo vi cadáveres...

-Calla hermano, has tenido suficiente. Intenta descansar.- El enano médico llegó a la carrera, se inclinó sobre el enano, que farfullaba en voz baja.

-¡Escriba!- Llamó al enano que acababa de entrar junto al médico.

-¿Si Señor?

-Envíe inmediatamente un mensaje a todas las torres y a Barak-Varr, estamos en peligro y necesitamos ayuda.